La tortuga

Relato finalista en el IV Concurso “María Moliner” organizado por el Ayuntamiento de Utebo (Zaragoza)”

Escrito por nuestra compañera Ana Barrajón

 

La tortuga

La abuela solía decir que ella llevaba todo el peso de la casa encima, todo el peso ahí, sobre sus costillas, como Roberta, sólo que Roberta era una tortuga. De tanto que lo dijo el abuelo le regaló una. A la abuela no le hizo mucha gracia, a la tortuga tampoco. Roberta vivía tranquila en su charca, muy tranquila. De día se revolcaba en el barro, chapoteaba un rato en el agua y comía hierba fresca, y de noche dormía enterrada en la tierra. La charca era el mejor lugar del mundo para vivir, había nacido allí y pasaría toda su vida allí. Pero no fue así.

Un verano la hierba se secó, el nivel del agua bajo muchísimo dejando a la vista rocas erosionadas en formas grotescas, como gárgolas que contemplaban el declive del terreno, el verdor del entorno fue sustituido por tonos ocres, la tierra se resquebrajó, el viento se volvió áspero y poco a poco los animales fueron abandonando la charca. Roberta se resistía a dejar su hogar pero la sequía continuaba consumiendo la vida. Resistió y resistió hasta que sólo quedó ella. Fue la última en abandonar la charca, tal vez por eso lo hizo más despacio, lentamente, paso a paso, se marchó, dejando allí sus sueños.
A pesar de la sequía de aquel verano nosotros seguimos visitando los humedales. Cada domingo de agosto el abuelo nos levantaba temprano. Conducía por interminables carreteras zigzagueantes mientras la abuela, sentada delante, insistía con el ceño fruncido en que redujese la velocidad y mi primo Javier desde el asiento de atrás pedía que parasemos porque creía que iba a vomitar. Se mareaba con facilidad. Yo no decía nada, observaba el paisaje en silencio, si abría la boca lo mismo me caía una gorda.
El paisaje había cambiado mucho. El año anterior las lagunas rebosaban agua por todos lados formando pequeñas cascadas entre los desniveles del terreno, incluso algunas se desbordaron desplazando la orilla al borde de la carretera. Era un magnífico espectáculo de vida y fuerza. Ese verano no lo recuerdo así, en realidad no lo recuerdo muy bien, pero desde luego el paisaje no era así, creo que no he vuelto a ver el humedal así, después de aquel verano no volvimos a ir. El abuelo cayó enfermo en invierno.

Todos los domingos nos colocábamos en el mismo lugar, en la charca más lejana y escondida del humedal, una charca que a fuerza de visitarla la hicimos nuestra, o quizás fue ella la que nos conquistó, como Grecia a los romanos. Caminábamos una hora entre la maleza por terraplenes empinados, cargados con sillas plegables y neveras, siguiendo una estrecha senda forjada por las pisadas de los escasos visitantes que conocían su existencia. No nos importaba el esfuerzo, merecía la pena. En nuestra charca podía cazar sapos, se me escapan todos pero ahí estaba yo “¡A por ellos, oh, eh!”. Y quitarme el bañador de Winnie de Pooh, el que me regaló la tía el año pasado por mi cumpleaños, seguro que estaba rebajado, eso o no se enteró de que cumplía diez años. Y bañarme desnudo, y tirar piedras. Hacer diana en los lotos me hacía sentir mayor, no mayor como mis abuelos ellos eran viejos, mayor como los repetidores de clase. Aunque ese verano apenas había lotos, sí piedras, muchas piedras, el agua nos llegaba por las rodillas y continuaba bajando, cada domingo lo notábamos. El último domingo recogimos pronto y apesadumbrados cargamos las cosas en el coche. Sin sapos ni lotos la charca aburría un poco. Antes del atardecer nos marchamos, otros años hubiéramos esperado a la caída de la tarde para degustar un cielo color melocotón.
La luz del sol estaba baja, al abuelo le costaba entrever los baches de la carretera, el sol le deslumbraba .No distinguió a Roberta, pensó que se trataba de un pequeño resalto en el asfalto.

–¡Frena! –gritó la abuela–. ¡Bruto!, no ves que vas a atropellar a la tortuga.
–¿Qué dices Luisa? Si no hay nada, no he visto nada.
–¡Para, te digo!, que he visto una tortuga.

El abuelo aparcó su viejo Land Rover en el arcén. Javier y yo nos quedamos en el coche, sólo bajaron los abuelos. El abuelo dio un par de vueltas alrededor del vehículo para comprobar si tenía algún roce mientras la abuela se precipitó a socorrer al animal. Tengo la imagen de mi abuela en la cabeza, la recuerdo de rodillas en la carretera, recuerdo a una mujer muy pequeña.

–¡Bruto! ¡So bruto!, ves porque te digo que no corras. Le has aplastado una pata.
–Si no iba deprisa –dijo el abuelo llevándose las manos a la cabeza.
–Y tú ahí, mirando el coche en lugar de ayudar. ¡Te parecerá bonito!
–¡Si ha sido sin querer! Y sí Luisa, me preocupa el coche porque si el Rover se rompe tú me dirás cómo volvemos.
–El Rover, el Rover… ¿Y qué pasa con la tortuga? ¿Qué piensas hacer con ella? Ahora es tu responsabilidad.
–¿Yo? ¿Yo responsable? Pues te la regalo y si quieres hasta le pongo el nombre pero no me pidas más.
–Eso, otro cargo, ¡cómo no tengo bastante con la casa!
–Ya estás con lo de la casa. Pues este bicho la lleva todo el rato encima y no se queja -la abuela lo miró de forma fulminante–. Si quieres nos la llevamos, tú verás, la llevamos a casa y…la llamamos Roberta.
–¿Cómo tu madre?
–¡Quita, quita! Como el coche. ¿No la he atropellado con el Rover?…Pues Roberta.
–Ya te vale Mariano, ya te vale.

La abuela cogió a Roberta con cuidado, el pobre animal estaba conmocionado, su cuello se inflaba y se desinflaba rápidamente como un globo, la abuela la acariciaba, le daba un beso y se santiguaba. Dos avemarías después la subió al coche, nos la llevábamos a casa. Me hizo una ilusión tremenda, incluso me pedí llevarla en el regazo. Si la dejábamos en la carretera no se produciría el milagro por el que rezaba la abuela. Todavía no lo puedo explicar pero la tortuga sobrevivió. Roberta no deseaba morir, nunca fue esa su intención.
La primera vez que Roberta tuvo fuerzas para pasear descubrió que la casa de mis abuelos no era la charca. Tenía un pilón con agua llovida donde podía sumergirse, y un jardín con césped, y una zona con tierra, y rosales silvestres…, pero no vio la luna reflejada en el agua, no escuchó el croar de las ranas ni el murmullo de la cascada, no sintió el viento húmedo, ni nada de nada. No estaba en casa.
Los primeros meses los pasó prácticamente inmóvil con las patas replegadas sobre su caparazón. Y cuando llovía era peor. Roberta estiraba el cuello para sentir en su rostro las primeras gotas de lluvia, cerraba los ojos y permanecía de pie en medio del jardín, a la intemperie. La abuela intentaba hacerla entrar en casa, la llamaba, le ofrecía comida…, pero nada. Y después de la lluvia quedaban los charcos. Pasaba horas con la mirada triste contemplando su reflejo en los charcos. A veces la abuela la acompañaba, se sentaba a su lado y juntas adivinaban su retrato. “¡Ay Roberta!, yo te entiendo”, pensaba.

–¿Qué hacéis ahí las dos? –preguntaba el abuelo preocupado –.Os vais a constipar.
–Mariano, asómate –decía la abuela ilusionada–. Si te fijas bien verás tu cara.
–¡Va!–dijo el abuelo asomándose–, yo veo un charco.

Con los años Roberta se acostumbró a su nueva situación, ya no soportaba chaparrones a la intemperie, sin embargo continuó contemplando charcos. No es que la domesticásemos, no, fue ella quien nos domesticó, nos adaptamos a ella y ella nos cogió cariño a cambio. No pasó si quiera un día en el que no hiciéramos de su malestar el nuestro o en el que no recibiera una caricia o un beso, la quisimos tanto que hasta la sangre se le calentó. El abuelo le daba de comer, programó la alarma de su Casio para no olvidarlo, y la premiaba con algo de fruta de vez en cuando porque sí, porque al animal le gustaba comer. Yo le compraba las pastillas del calcio. Y mi abuela le pintó un cuadro. Desmontó la caja de cartón de su primer televisor en color, la tenían guardada por si había que devolver el aparato, una cosa tan moderna seguro que se estropeaba rápido, y después de treinta años la partió en pedazos. La abuela gastó las últimas pinturas al pastel y algunas horas de sueño en dibujar la charca pero al fin la terminó, al cabo de un año la terminó. Llenó el cartón de contornos indefinibles monteados en blanco y pintados a base de pinceladas azules y manchas verdes, como un paisaje impresionista. La distribución de los lotos flotando en el agua recordaba a un cuadro de Monet, dudo mucho que mi abuela supiera quién era Monet, aunque estoy seguro de que ese paisaje lo vio alguna vez. Sí, mi abuela dibujaba bien, mi abuela que apenas sabía leer dibujaba muy bien.
Le faltaba técnica, le sobraba luz pero a Roberta le encantó, sonrió cuando lo vio, no sé si el cuadro bastó para que no echara tanto de menos la charca pero Roberta sonrió. Lo recuerdo muy bien porque la dibujó delante de mí. Fue increíble. La mano de mi abuela perdió el control, el lápiz parecía volar y sin embargo las líneas surgían en el papel, el movimiento de su muñeca recordaba al de un director de orquesta, cada nota era un trazo. A medida que avanzaba los rasgos de Roberta fueron brotando hasta convertirse en una cabeza, las escamas, una boca, un gesto. Para el sombreado cambió de lápiz, cogió uno blando y dibujó decenas de líneas paralelas alrededor de los contornos que poco a poco fue difuminando, era un espectáculo, las formas adquirían expresión. Prestó especial atención a los ojos y produjo un milagro, concentró el carácter de Roberta en un único punto de luz sobre su pupila izquierda, que dotaba de melancolía a todo el retrato. Me quedé ensimismado, fue la primera vez que la vi dibujar.

–Abuela, ¿dónde has aprendido a dibujar así?
–Aquí, en el pueblo. A los doce años vi a un vagabundo dibujando, vino al pueblo a ganar unos reales. Yo bajaba a la plaza todos los días a observarlo, le daba un trozo de pan y me enseñaba.
–¿Pintaba bien?
–¿Qué puedo decir? A mí me gustaba, los paisajes que pintaba me gustaban mucho. Decía que imitaba el estilo francés, aunque aquí no le compraron ninguno, sólo vendió unos retratos. Y en casa “na”, nosotros no le compramos “na”, no teníamos una perra gorda –dijo la abuela frotándose los dedos–. Eran los años cincuenta Pablo, no había “pa na”, no creo que ese hombre sacara “pa” comer.

No le di importancia al hecho de que mi abuela hubiera pasado necesidad, consideraba a la posguerra una realidad muy lejana para mí, no me decía nada esa época, la empatía es una habilidad que no desarrollan aquellos a los que les sobra mucho o les falta todo. En mi caso era una cuestión de tiempo, casi fisiológica, me faltaba experiencia y me sobraba juventud. En ese momento yo lo que quería era dibujar como ella, dibujar a Roberta, y lo intenté, pero no lo conseguí. El talento se había saltado una generación, así que pinté a Roberta. No me refiero en el papel, no, eso ya lo había intentado, pinté sobre Roberta. Utilicé ceras blandas para dibujarle un seis en el capazón que coloree de rojo a base de acuarelas, en la cara, también con ceras blandas le pinté la bandera de España y las patas, de nuevo con acuarelas, las teñí de azul. Llevaba el uniforme de la selección, el de la final contra Alemania en la Eurocopa. La abuela montó en cólera, que si no le gustaba el fútbol, que si la pintura es tóxica, que si gastaba su material en tonterías…No lo volví a hacer, pero he perdido la cuenta de las veces que la disfracé.
Una tarde en concreto la vestí de guardia civil. La abuela se reía, yo también.

–Luisa, ¿dónde están mis calzoncillos? –interrumpió el abuelo.
–En el segundo cajón de la mesita de noche.
–No mujer los limpios no, los que me puse ayer.
–¡Mariano! , no seas guarro ¡Múdate! Es que también tengo que estar pendiente de eso.
–Ayúdame mujer, por favor, ayúdame.

Roberta meneaba la cabeza de un lado a otro con un tricornio encima, mientras la abuela acudía con una sonrisa a medias, la otra mitad la guardaba para sí, para cuando expusiera en París, puestos a pedir. Cuánto le hubiera gustado dedicarse a la pintura, pero no pude ser. Primero fue el hambre, luego llegaron los hijos y después la enfermedad. Y la casa, siempre estaba la casa, la casa era la principal prioridad. Había noches en las que la abuela preparaba sus pinturas, el cuaderno, afilaba sus lápices e intentaba dibujar y no podía ser, se despertaba con el canto del gallo antes de comenzar. La tortuga amanecía a sus pies.
A Roberta la dibujó en multitud de ocasiones, resultó una modelo excelente porque podía permanecer quieta en el mismo sitio todo el día, clavada sobre la tierra se asemejaba a un esplendido castillo incrustado en lo más alto de la más alta colina, un castillo que por fuera parece inexpugnable y sin embargo por dentro se cae a añicos. Roberta cargaba con un castillo sobre sus costillas, el castillo era precioso, en él seguro que vivía de maravilla pero pesaba y lo llevaba a cuestas sin ayudas, nadie se planteaba que le pesaba, era su deber cargarlo había nacido con él. Una tortuga no puede dejar de ser tortuga aunque lo desee, tan sólo la quimera de una vida distinta, mejor, más extraordinaria hacían la carga más liviana; ¿y qué pasa si flaquean las fuerzas? Entonces conviene aligerar peso, dejar atrás un par de anhelos y poner bien los pies en el suelo pues de lo contrario el castillo se derrumba.

Cuando la casa le empezó a pesar mi abuela dejó de pintar.
El abuelo nunca le prohibió pintar, tampoco la animó, no le molestaba lo que la abuela hiciera mientras al llegar a casa tuviera la mesa puesta. Ella miraba con verdadero remordimiento las calcetas sin zurcir o la ropa sin tender y el tiempo no le parecía algo real, sino un invento para ricos. Simplemente asumió que la pintura era para después, pero para después de qué si era lo único que deseaba hacer, después de planchar, después de fregar, después de barrer. Dejó de pintar cuando ya no pudo ser. “Las ilusiones de una mujer siempre son para después”, concluyó la abuela. Esta sentencia no la dictó el abuelo, se la enseñó otra mujer, otras muchas.
De joven cuando las mujeres del pueblo iban a lavar al río mi abuela se sentaba a dibujar. Sus manos, repletas de sabañones y callos de aclarar la ropa en la gélida agua del inverno y desenterrar ajos en pleno verano, esculpían en el papel cantos turquesa amontonados como abalorios para un rosario; entre tanto, sus paisanas arrodilladas junto a la orilla del río maceraban sus coladas, y las de otros, empinando sus solemnes panderos con un vaivén sinuoso que evocaba el rezo de una lejana letanía impía. Sólo paraban para limpiarse el sudor de la frente e insultar a mi abuela siempre en estricto orden, primero las más jóvenes. Vaga fue la palabra más amable que tuvo que escuchar, desde entonces se tragó la vergüenza que a ellas les faltaba y pintó a escondidas. No estaba bien visto que una mujer sin capital ni posición invertiría el tiempo en frivolidades. Aprendió que se tenía que dedicar a trabajar, también aprendió cuál era su lugar.
Y cuando murieron sus padres la cosa se torció más, lo que antes era difícil se volvió pecado. Era poco más que un sacrilegio que mi abuela anduviera rodeada de pinceles y lienzos, y la gente murmuraba, y mi abuela sentía que le reventaban las entrañas por la frustración y la rabia. Las mismas personas que la juzgaron hoy hacían cola en la puerta del ayuntamiento para apuntarse al taller de pintura “Lienzos para jubilad@s” montado gracias a la subvención de turno y escrito con la arroba bien grande para darle un toque moderno e inclusivo. Allí estaban las primeras de la fila rellenando deprisa el papelito no vaya a ser que les quitaran el sitio. Mi abuela se enervaba y blasfemaba todo lo que su fe le permitía maldiciendo la hora en la que aprender a pintar se puso de moda.
No, mi abuelo no le prohibió pintar, para prohibir algo primero hay que mostrar interés y a él sólo le interesaba el campo, que mi abuela pintase o dejara de pintar le importaba un pimiento. Nunca ejerció ese tipo de autoridad, no es que no mandase, un hombre de la edad de mi abuelo en su casa tenía que mandar, simplemente prefería delegar. Llegaron a un acuerdo tácito en el que mi abuelo se encargaría de cultivar la tierra y mi abuela de todo lo demás, de todo. Después podría pintar. Y el acuerdo permaneció inmutable hasta que llegó Roberta. En realidad el mérito no fue de ella sencillamente se dio una coincidencia, cuando llegó Roberta el abuelo empezó a cambiar. Mi abuelo que siempre había evitado realizar cualquier tipo de tarea que él considerase doméstica, repito, cualquier tarea, decidió alimentar a Roberta. Fue mucho más que un gesto de cariño, que lo había y mucho, se trataba de una prueba personal, de un ejercicio para demostrarse a sí mismo que podía desempeñar alguna rutina y asumir cierta responsabilidad. Y Roberta era el experimento perfecto, no requería paseos, ni juegos, ni demasiados cuidados en general. Aun así, no fue capaz.

–Luisa. ¿Dónde he puesto la comida de la tortuga?
–Mariano, en la cocina, encima de la mesa.
–Luisa, por favor, ayúdame a atarme los zapatos.
–Voy Mariano.
–Luisa. ¿Qué día es hoy?
–Veinticinco de marzo, Mariano.
–Luisa. ¿Cómo se llama el animal que tenemos en el jardín?
–Se llama Roberta, Mariano.
–Luisa. ¿Dónde estoy?
–En casa, Mariano…
– “Lui”, “lu”, “lui”…
–Mariano…

Y el silenció se convirtió en su voz.
La abuela dejo de pintar cuando ya no pudo más. Eran tantas las cargas que debía llevar y tantos los años que sumaba ya, que no le quedaban fuerzas para soñar.
Es curioso, la abuela dibujó muchos retratos de Roberta, la tortuga despertaba su ingenio, le inspiraba en extremo, pero nunca consiguió esbozar un autorretrato, las pocas veces que lo intentó las líneas rectas le salían torcidas y extendía sin naturalidad las curvas, perdía su don y dejaba la obra a medias, inconclusa. Entonces colocaba la hoja en la parte inferior de la pila de trabajos pendientes, abajo, en la base, sosteniendo otros bosquejos a perfilar más prioritarios. Así mi abuela volvía a colocarse al final de la fila. “Lo retomaré en otro momento”, se decía, quizás cuando se cortara el pelo para lucir más bella, quizás cuando tuviera menos ojeras para aparentar más joven…, o quizás se conformó con dibujar a Roberta porque de esta forma se inmortalizaba a sí misma.
Y Roberta vivió y vivió hasta sobrevivir al abuelo. Lo enterramos un mes de mayo junto a sus retratos, sin lujos ni llantos pero con sus retratos, los que la abuela le dibujó en secreto. Fue una ceremonia corta lo justo para impartir el bendito sacramento, también fue poco concurrida, aunque a la abuela le pareció que vino mucha gente, ella estaba sin estar, escuchaba sin ganas un constante arrullo de pablaras. “El pobre era muy mayor”. “Por fin ha descansado”, decían los asistentes. Qué descanso, ni qué descanso, la que estaba agotaba era mi abuela, y frustrada y difamada, y hasta las narices de tanto primo y tanto sepelio, ahora sí que tenía suficiente edad para verlo. Lo sentía por el abuelo pero él ya no tenía remedio, me hubiera gustado coger a mi abuela en volandas y sacarla corriendo en mitad del funeral ante la mirada atónita de la gente. Nosotros sólo queríamos llorarlo en casa, con Roberta y sin aspavientos.
Después del entierro a la abuela le dio por la costura, tejía, y una vez terminada la prenda a veces la destejía, o la tiraba a la basura y a veces lloraba y otras reía, a medias, pero sonreía. Luego se tumbaba en el sofá y dormía durante un millón de segundos soñando que su marido estaba vivo. La tortuga aprovechaba para subirse sobre su mano, con la que ya no dibujaba.
Puede que ella también extrañara al abuelo, no lo sé, al fin y al cabo era un reptil pero su conducta cambió, perdió el apetito, no paraba quieta y arremetía contra mí como un torito sin cuernos cuando entraba en el jardín. Nunca antes lo había hecho.

–A Roberta se le va la pinza abuela.
–No Pablo, es que lleva ocho años con nosotros, no puede más.
–¿Y qué culpa tengo yo?
–Ninguna Pablo. Hijo, ten en cuenta que el dolor que no se expresa te destruye, lo que le pasa a Roberta es que no lo sabe canalizar, es un animal, en el fondo es un animal. Escuchando a la abuela diez minutos aprendía más que leyendo cien páginas de la Wikipedia.
–Roberta quiere volver a la charca, nos lo está pidiendo.
–Y… ¿Por qué no la llevamos? Hace buen tiempo y tengo el coche fuera –contuve el aliento–. Abuela a ti no te vendría mal tomar el aire y de paso revivir buenos momentos, ¿no?
–Seguro que está preciosa, se habrá rehecho. Ha llovido mucho los últimos años –la abuela se quedó pensativa–. Sí Pablo. ¡Vamos!

Nos plantamos los tres en la charca. Ahí estaba yo, otra vez, sin tablet ni wifi ni cobertura ni radio pero me sentía feliz porque Roberta estaba revolcándose en el barro y mi abuela había traído su cuaderno. Y mejor que iba a estar cuando me quitara los calzoncillos dentro del agua, fuera me daba vergüenza, estaba la abuela, además no tenía otra opción, había venido sin bañador y con diecinueve años no creo que el de Winnie de Pooh me viniera, aunque lo cogí. No me lo pensaba poner cuando lo cogí pero resultó una herramienta muy útil para atrapar sapos porque había muchos sapos, y piedras y lotos y un torrente de agua caía de la cascada; y buceaba y nadaba de espaldas mientras miraba a la abuela. Me llamaba con una mano sosteniendo a Roberta en la otra.

–¡Ven Pablo! ¡No te lo pierdas! –gritaba mi abuela–. ¡Voy a soltar a Roberta!

Salí del agua corriendo con las yemas de los dedos arrugadas y los labios medio morados envuelto en una toalla de superhéroes que olía a naftalina.
No hubo grandes solemnidades en el acto, no fue un acto de liberación, prefiero llamarlo de posicionamiento porque a Roberta nunca la tuvimos presa sino acogida temporalmente.

–Vete Roberta, vete –dijo mi abuela besándola en la frente–. Lo que nos resta de vida tú lo pasarás en tu charca y yo pintando.

Roberta dio diez pasos, giró la cabeza para mirar por última vez a la abuela y siguió avanzando. La abuela sonrió de lado a lado. Sacó su cuaderno de dibujo despacio, luego un lápiz afilado y comenzó a dibujar a Roberta, alejándose. Fue el último retrato que la abuela le dedicó. Volvimos a la charca muchas veces aunque nunca coincidimos con ella, no necesitábamos verla sentíamos su presencia. Roberta estaba donde quería estar, en el lugar donde siempre quiso estar y sobraba lo demás.

Existen lugares mágicos en los que nos perdemos para después encontrarnos, lugares especiales a los que sólo acudimos para desnudarnos, un desván, la charca, nuestro cuarto…Algunos los visitamos a diario, otros, los descubrimos en un cuadro.

 

Ana Barrajón

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