El límite del bien y del mal

(Relato apto sólo para adultos)

La bola de fuego se encontraba en el otro extremo del mundo, mientras que su complemento flotaba sobre mi cuerpo. Parecía que ella me vigilaba desde lo más alto del universo. Solitario y aburrido me dirigía hacia aquella música que hacia vibrar todo mi cuerpo mientras navegaba por las venas solitarias de la ciudad.

La música era cada vez más diáfana, la cual invadía mis oídos hasta tal punto de llenarme totalmente de ella. Era como un imán que cada vez me atrapaba más. Algo me hacía pensar que no tenía que llegar a ella, pero era tanta la fuerza que imprimía sobre los sentimientos que no pude detener mi caminar.

La bola de fuego en el otro extremo del mundo, a pesar de su ausencia radiaba el calor de toda una jornada reinando en lo más alto. Desde el otro polo besaba en los labios a la luna que me contemplaba desde lo más alto del universo. Llegué sin dudarlo a aquel sitio de dónde provenía aquella canción. Era un mar de seres humanos, con la fortaleza de la juventud y la ilusión de empezar a vivir. Me senté en uno de los bancos vacíos y solitarios.

A pesar de este mar de gente, yo me sentía solitario. Era como un extraño en mi propio paraíso. Dibujé con la mirada la multitud que andaba por allí, observé que algunos de aquellos hacían la misma mímica que la bola de fuego con la que reinaba sobre mí en el firmamento. A pesar de eso, un mar de alcohol se derramaba por los cuerpos de aquella masa extraña.

Era una noche calurosa. El amor estaba a flor de piel, pero sé que aquello no era amor, era deseo, era revolución de una fisiología que se necesitaba en aquella edad. Yo añoraba tener alguien para ahogar el mismo deseo, pero seguí solo en aquel banco. Muchos de los que estaban allí me conocían aunque en el fondo era un desconocido para ellos, quizás un fantasma, quizás un espectro, no lo sé. Nada más que mi imaginación vagaba constantemente por el límite del bien y el límite del mal. Nunca viví la cálida suave historia de aquellos cuatro minutos y pico que duraba la canción de la frontera.

A pesar de todo, aquella canción se aferraba a mí como una lapa, con el ilusionante sentimiento de que alguna vez a mí me pasaría lo mismo que aquellas personas.

Un mar de semen imaginario corría sobre los conductos seminales destilando sus gotas en los depósitos vitales, pero en aquellos momentos no tenía motivación física para vomitarlos. Solamente la figuración de alguien que pudiera impulsar la aceleración de mi fisiología a la que tal cosa desahogase y saliera con un placebo íntimo y cómodo.

O quizás una EVA al lado de ADÀN. Una EVA con la que poder hablar íntimamente, y poco a poco subir al monte de Venus, negándose a ser culminado, a causa de que el volcán está lleno de lava. Lava cuya cualidad rojiza es semejante a la sangre que erupciona en ellas cada cierto tiempo gracias al pecado original. Un pecado original que probablemente sea mitificado no lo sé. Pero lo que sé es que gracias a ello, huelen a hembras. Por eso, y por mucho más, qué más da esperar.

Solo me acompañaba una pequeña botella de cerveza. La música seguía expandiendo sus ondas sobre el radio acústico de aquella zona. Yo me sentía envejecer triste y solitario. Mi imaginación quería vomitar esta envidia sana que sentía viendo el intercambio de conversaciones, que se hacía al mismo tiempo que los juegos de manos clandestinos.

JAVIER ANDREU seguía repitiendo en el límite del bien y en el límite del mal. Su voz se apergaminaba en el vinilo continuamente. Mi memoria flotaba sobre la historia de aquella canción. Nunca tuve amigo para leer un libro prohibido, ni vagar por las calles de la ciudad.

El mundo estaba tan abatido como yo. No alcanzaba a razonar que la vida es solo un juego donde hay que apostar, si quieres ganar.

Esta cárcel sin rejas estaba llena de libertad, pero era solamente para los demás. Mi barco naufragaba por culpa de los demás, no osaba a mantener la flotabilidad para culminar mis deseos, aunque dentro de mí existía tal valía. El límite del bien y del mal, estaba latente, pero nunca se atrevió a exteriorizarse. La fortuna es un barco sin rumbo y sin capitán, en un paraíso donde existe solamente la oscuridad.

Transcurrían los años ochenta con aire de libertad. Yo seguía sentado en ese banco sólo y sin hablar, miradas extrañas me voceaban sin hablar de que aquel paraíso no era apropiado para mí. Me preguntaba el por qué. La interrogante nunca tenía respuesta. Eran como unas miradas burlescas que me hacían sentir fuera del lugar, pero yo seguía aferrado a aquella música. Las hondas se alejaban y se acercaban por culpa de la suave brisa de aquella noche de verano, al mismo tiempo que se alejaban y se aproximaban aquellos tiempos de poder llegar a la utopía que en aquel momento flotaba sobre mi cabeza.

En aquellos momentos las miradas seguían siendo como un cuchillo que se clava en lo más hondo del corazón. Nadie podía comprender que estaba en el límite del bien y en el límite del mal, nadie podía comprender que sentía como ellos, nadie podía comprender que mi soledad en aquel banco era con una intención de cazar algo inútil en un lugar donde no existía la posibilidad.

Apuré la botella hasta el final, la dejé sobre aquel banco funesto, donde sólo y solitario oí a La Frontera que estaban como yo, en el límite del bien y del mal, con la diferencia de que ellos se encarcelaban en el filo de un delgado vinilo. Solamente era la voz de JAVIER ANDREU que con sus versos nostálgicos me hacía sentir sensaciones que nunca llegaron a mí. Me levanté sin dudarlo en silencio, como alguien desesperado; me fui alejando de aquella música.

Por mi mente flotaban las noches invisibles de aquel límite. Un límite que me recordaba lo que podía ser si a nadie etiquetasen, que me recordaba en la estructura de la canción que todos somos iguales, pero por desgracia la canción se termina, es una especie de figura literaria poetizada que quiere plasmar los ideales y los sentimientos que en la práctica no existen.

Sin embargo el límite del bien y del mal, estaba allí conmigo en lo invisible de un imaginario que ante la práctica es banal. Por tantas miles de cosas que no podría numerar.

Lo único que sé, es que aquella noche sentí la diferenciación de la igualdad, aunque nadie lo sepa nada más que yo. Solo por escuchar a JAVIER ANDREU cantando el límite, cuya letra nos decía que todos estamos en el límite del bien y en el límite del mal.

Volví como llegué, sintiéndome un extraño en el paraíso pero todavía faltaba mucha agua por navegar. En el límite del bien y del mal.

Un límite que aquella noche me hizo fracasar. No por el vinilo, sino por aquella puta sociedad, donde con nadie pude hablar. Sólo con alguien imaginario, que en los efluvios de aquella noche, necesitaba mi piel sexual, entre tantas manos entrelazadas. El calor de las faldas, era la santidad, no el ir al cielo; como muchos beatos decían sólo para conformar. Eso es el límite del bien y del mal. Que es donde yo quise estar una noche de verano.

Jose Ángel Moreno Serí.
Julio del 2012

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