Boomerang

Suena un disparo de fusil. Quiebra el silencio en todo el perímetro. Me apresuro con desenfreno abriéndome paso entre las palmeras de la Plaza Mayor. Retumban más salvas de mosquetones al fondo, en las aristas de la glorieta. Al fin encuentro refugio, preso por el crepúsculo de la noche, en el pórtico de la catedral. Exhausto, tomo aire con esfuerzo y lo suelto de nuevo aliviado. Repito este ejercicio varias veces. Palpo, muy agotado, la zona del pecho y percibo que el corazón late a gran velocidad. Las sienes palpitan también con tanta potencia que el dolor se aferra a mí.
Escondido entre las gruesas columnas que forman los chaflanes del pórtico, he encontrado el lugar para pasar desapercibido de aquellos perseguidores vestidos con traje de campaña. Cesan los disparos en la distancia. En esto, percibo un espeluznante rumor de inhalación humana cercano a mi posición, al otro lado de la mampostería que separa el pórtico de la plaza, al otro lado de la mano de Dios. Comienza a llover con copioso vigor.
El sonido del aguacero rompiendo en los adoquines de la plazoleta, me hace impacientar aún más, hace aumentar los latidos de mi corazón.
Elevo la cabeza y advierto la apesadumbrada mirada de San Lorenzo, que me otea, que me examina con melancolía. Otro rostro, el de San Longinos, revela una sonrisa maligna, satánica, siniestra, una sonrisa que me ha hecho amedrentar. Siendo aún rehén de la fatiga, decido apuntalarme sobre el rugoso e irregular aparejo interior del pórtico. Un alevoso clavo sobresale de entre los sillares para dañar mi costado. El dolor me hace exclamar. Es cuando entonces los militares alientan mi ubicación bajo el atrio de la barroca catedral de San Antonio. Acuden en cólera hacia mi presencia.
Siento el chasquido de las botas de los soldados golpeando los charcos que el diluvio está dejando sobre la plaza. Se aproximan. No tengo salida. La puerta de la catedral está cerrada y me es imposible acceder al interior y refugiarme tras el órgano de la planta de arriba, pues allí nadie me encontraría en caso de que huyera al interior. Se escuchan pasos de uno de los soldados ascendiendo los escalones de acceso al templo. Desespero. El soldado que en breve me avistará, carga su arma. Lo he oído, ese sobrecogedor sonido de preparar su fúsil para irrumpir en el silencioso y oscuro pórtico, hace que los nervios, la tensión, el miedo y la incertidumbre, me pesen más que antes. Camina a paso muy lento. Sus botas de campaña, suenan de nuevo y se dejan asomar por detrás de los colosales soportes de granito. A cada paso, suelta un pequeño charquito de agua sobre el empedrado suelo a la entrada en la casa de San
Antonio Abad. -“¡No de ni un paso!”- Grita con tremenda furia.
No respondo. Estoy sumamente acongojado. Con las piernas encogidas, agacho la cabeza y apoyo la frente sobre mis rodillas. El soldado que me perseguía me ha localizado. Apunta con su carabina de asalto sobre mi
asustado y sudoroso rostro. -“¡Levántate!”- No me atrevo a obedecer su orden.

 

-“¡Que te levantes, he dicho!”

 

Al ver que no respondo, da el aviso de mi posición a sus compañeros y éstos corren en pocos segundos hacia el interior del que ha sido hasta este momento mi refugio alternativo.
Una vez se han reunido los cinco militares en torno a mí, bajo la mirada de San Lorenzo y San Longinos, comienzan a apalearme con gran insistencia y deseo. Sólo siento el doloroso contacto de las culatas de sus carabinas
golpeando con dureza mis órganos vitales. Otro envite con un arma me asesta un golpe sobre la frente. Se abre una brecha sobre ella y sangro cuan fuente que escupe vino tinto. El ritual de puñetazos, golpes y patadas propinados sobre mi amoratado y ensangrentado cuerpo, concluye cuando uno de ellos, el sargento de esta tropa, saca de su mochila un cepillo de púas y lo arrastra por toda mi espalda y vientre. Tras esto, escupe cada uno sobre mi cara y se marchan.

 

Los pájaros ya cantan en el exterior y se deja ver una suave luz penetrando por la agujereada persiana de madera de mi habitación. Despierto entre sábanas revueltas. -“Hace un calor horrendo…”- Entonces llaman a la puerta. El “toc- toc”se escucha en la lejanía.-“¿Quién podrá ser a estas horas?”-, pienso. Me resigno y levanto de la cama con mucho cansancio y paso lento. El largo y estrecho pasillo que conduce a la puerta deja ver una tenue luz. Es como si encarara de pronto el camino a mi encuentro con Dios, lleno de una luz blanquecina que me envuelve. Tras la diáfana vidriera de la puerta principal, se denota una tenebrosa silueta que se reflecta, de manera pertinaz, sobre el suelo del corredor. Pregunto quién es. Nadie responde al otro lado.
Sigo viendo esa silueta oscura moviéndose ligeramente tras la cristalera de la puerta. Insisto en conocer la identidad de la persona que me espera tras la entrada, pero nadie responde.-“Mejor no abro, no vaya a ser alguien que me quiera amordazar y robar mis más preciadas pertenencias”-, discurro de nuevo.
Pero la curiosidad me muerde y decido entonces descubrir la puerta ligeramente para ver el rostro de la persona que se esconde tras ella. La sorpresa me invade. Los mismos militares que habían estado persiguiendo a un inocente fugitivo en la película, estaban ahora forcejeando la puerta principal de mi casa para entrar en ella y aporrearme exactamente igual que lo habían hecho con el prófugo del filme. Los soldados parecen enojados.
Resisto para que la puerta no siga abriéndose, pero ellos, armados con carabinas de asalto, empujan con mayor fuerza hacia mí. Apoyo el pie sobre la puerta, para amortiguar el peso del empuje enemigo. Sudo y comprimo los dientes por el esfuerzo que realizo para que los soldados no accedan al interior. La puerta cada vez se abre más. Advierto en los soldados el mismo semblante de sacrificio y ahínco que yo muestro para que la puerta no quede despejada.
Tras considerables esfuerzos en ambos bandos, la puerta queda libre y los militares irrumpen con fuerza en el corredor. Estoy acalambrado (asustado).
Sinónimo de la película, este instante en el interior de mi hogar se ha llenado de impactos de armas sobre mis riñones y puntapiés sobre mi cabeza, de esputos sobre mi faz y agravios discriminadores, se ha llenado de injurias y violencia en mi intimidad.
Una vez me han abofeteado y apaleado, hacen que tome contacto con la calle por la fuerza y allí me arrojan a uno de los charcos que la lluvia dejó.
Observo achantado mi hogar, observo melancólico mi casita de paredes blancas de cal, tejas de arcilla mugrienta y puerta por varas de caña.

 

-“¡Ah…!- Grito asustado, y a la vez desorientado”-.

 

Despierto en mi cama. Las sábanas están revueltas. Rezumo tanto como una manzana recién lavada para eliminar los pesticidas, tanto como una catarata, una catarata que empapa todo mi semblante. Examino confuso a mi alrededor y compruebo que todo está en orden, que nada ha cambiado y yo continúo en mi dormitorio. Todo está tal y como lo dejé.
Estoy acalorado. No paro de sudar. En Nicaragua es verano ahora mismo. No soy capaz de resistir ni un minuto más con este pijama de rayas azules y blancas sobre mi candente piel. Decido pues, desposeerme de todos estos calados paños.-“¡Pero, pero…virgencita del Rosario, no puede ser!”-.
No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos. Cardenales por todo el costado y riñones, fisuras por el vientre y la sensación de haber sido víctima de un impetuoso azotamiento. Eso es lo que me inquieta. También en el lomo
tengo señales de golpes. Sobre el pijama, además, se aprecian pequeños churretes de sangre, fruto de un anterior aporreo al cual ya no alcanza mi memoria. Contemplo todo en torno a mí y descubro una botella de ron medio vacía y un vaso lleno de tal bebida únicamente sobre la base.-“Claro, anoche debí beber demasiado y cuando ya estaba chumadito (ebrio, borracho), llegaron los militares, supongo, y me apalizaron con fuerza. El alcohol ha hecho que me olvide de todo.”-La cabeza me duele a horrores y sigo sudando demasiado.-“Ah…ay…Parece que me oprimieran la cabezota con alguna especie de casco de fuerza o algo…”- Compruebo también mi pie derecho y
hallo en el talón otra herida. –“¡También me lastimaron el pie…ah…!”– Estoy demasiado aturdido. -“¿Quién me habrá podido hacer esto, Dios santo…?”-Miro al crucifijo de la pared y vuelvo a formular la misma pregunta.
Suena el teléfono. Voy a toda prisa a cogerlo. Al otro lado del mismo se escucha una voz apagada, siniestra, una voz como de película de miedo.

 

–“¿Es usted el señor Emiliano Cepeda Castro?”- Comienzo a temblar. Mis manos y piernas bailan con suma rapidez. No sé qué responder.-“¿Oiga…?
¿Hay alguien ahí…?”- Hay un vacío. –“Sí, sí…soy yo… ¿qué sucede?”- El interlocutor me cuenta que debo dirigirme inmediatamente hacia una casa que hace esquina en la Calle El Pochotillo, (en la cual se halla mi casa. Sólo queda a dos kilómetros de la mía). –“Está bien, estaré allí en breve.”-

 

A la hora predeterminada estoy presente en la casa que me dijeron para conocer qué es lo que allí me puede aguardar. Llamo dos veces a la puerta con mi puño, pero los inquilinos se retrasan para darme acceso a la casa. Todo me hace deducir que aquello, pese a su aspecto aparente de hogar, es una especie de guarida secreta de algún grupo.
Al fin, tras largos y exasperantes segundos, destapan el portón de entrada al interior. Un individuo de larga estatura y enjuto torso me dirige por las distintas galerías internas de la “guarida”. Debo descender unas escaleras que me conducen hacia una especie de sótano apagado, sin ventanal alguno. Allí descubro una fila de hombres ataviados con trajes de campaña. En frente de ellos, una silla solitaria aguarda que tome asiento sobre ella. –“Siéntese, por favor.”- Afirma uno de los hombres de negro. Obedezco e inmediatamente me acomodo sobre el asiento. Parecían sugestionados.
Me he reunido allí con ellos para participar de manera directa en la defensa del Palacio Nacional el próximo día veintidós de Agosto. Debía acompañar a todo el grupo armado del FSNL los momentos previos al asalto.
El día veinte de Agosto acudo a León para reunirme con los guerrilleros en torno a Eden Pastora, el “Comandante Cero”. Me identifico e inmediatamente soy aceptado por el pelotón. Eden va a pronunciar unas palabras a todo el bando. -“¡Debemos luchar todos juntos contra el enemigo represor del pueblo de Nicaragua!”- Todos coreamos en su apoyo.-“¡Debemos pelear contra el dolor que está sufriendo nuestro pueblo!”-“¡Eh…!”-“¡Debemos perseverar en otorgar la libertad a nuestro país!”- “¡Eh…!”- Enaltecemos el nombre de Eden. -“¡Yo jamás he matado por placer, y si he asesinado ha sido sólo porque Dios me lo ha impuesto!”- Eden prolonga su discurso en aquel bosque a las afueras de la ciudad.-“¡Somoza llegó al poder y luego transformó su mandato en su propio beneficio y el de sus intereses…!”- El micrófono que guardo bajo mis vestiduras graba todas sus palabras.

Los días que preceden sigo los movimientos de los guerrilleros en su marcha hacia Managua. Allí me esperan dos dilatadas jornadas infiltrado bajo la bandera rojinegra del FSLN. Los níveos frontones y columnatas del Palacio Nacional se muestran ante nuestros ojos. Toda la edificación se inunda de bello neoclasicismo. El cronómetro muestra pues la cuenta atrás de Somoza.
Aparcamos las camionetas ante la gran escalinata de entrada al parlamento y descendemos de los vehículos mientras desenfundamos nuestras carabinas.
La muchedumbre inquieta.(“Imaginen una lenta y enigmática melodía de fondo producida por flautas de pan y todo repertorio de instrumentos de viento sudamericanos”)
Irrumpimos con violencia y además muy apresurados en el hemiciclo, que estalla en sorpresa al denotar un amplio y poderoso grupo guerrillero paralizando la sesión plenaria. Los diputados agachan las cabezas y esconden sus temblorosos cuerpos bajo los sillones. Cunde el pánico. Eden Pastora accede al atril principal con fusil en mano. Silencio. El “Comandante Cero” va a pronunciar unas legendarias palabras ante un atemorizado parlamento nicaragüense.
Tras unas firmes sentencias que adquiere ciertos detalles del opresor de judíos y toda Europa entera en Alemania, el guerrillero de entre todos los de Nicaragua, pasa a ser, durante unos breves minutos, el dueño absoluto y todopoderoso del palacio parlamentario. Se conoce también por todos los integrantes de este Frente Sandinista, que nuestro “Comandante Cero” acaba de trazar las líneas de un plan considerado lo suficientemente cruel, pero a la vez, el más eficaz e ingenioso como para que Somoza extirpe el cáncer que provocara ya con su llegada al poder. Somoza planificó tomar como rehenes a muchos de los más influyentes parlamentarios del este Palacio Nacional, a cambio de recibir un rescate.
Subimos al galope de caballo por las escaleras del palacio. Todo es lujo y ampulosidad en su interior. Oro y plata, sólo veo oro y plata. Una vez en el descansillo de la primera planta, sucede algo que marca por completo mi vida, algo que condiciona mi vida, y que además, pone fin a mi estancia dentro del FSLN. Suena la grabadora que escondo en mi interior, bajos mis ajados ropajes.-“Virgencita, ahora sí que me ejecutan…”- Especulo mentalmente.

-“¡He oído bien…!”-Silencio-“¡He dicho…que si he oído bien…!”-He sido descubierto.

 

Comienzo una eterna carrera para huir de mis perseguidores sandinistas.
Troto de nuevo por las escaleras, aunque en esta ocasión, hacia abajo. Parece aquello un baile de flamenco sevillano, el que tiene lugar en la escalera. Bueno, ya he superado una de las pruebas más comprometedoras de mi escapatoria, descender la escalinata a gran velocidad, teniendo en cuenta lo maniso que soy para este tipo de acciones. -“Dirán de los ciclistas, pero yo hoy he realizado una escapadita memorable…ni el líder del Tour…”- Pero ahora me hallo en una encrucijada, un callejón sin salida.-“Perfecto…¿y qué se supone que debo hacer ahora…?” Y digo, “debo”, pues ante mis ojos aparece el segundo obstáculo de mi recorrido de escapado del Tour de Francia, dos direcciones que poder tomar, pero no sé hacia dónde conduce cada una de ellas. El pequeño sector del grupo sandinista que se ha dividido del de Pastora en el descansillo, me continúa persiguiendo muy enojado. Si tomo el pasillo derecho, éste me conducirá por una espesísima oscuridad, y…eso, por supuesto, me hacía pensar que me haría aparecer de nuevo en un callejón sin salida y los sandinistas terminaran por tomarme. Por contra, si escojo el camino iluminado, me toparía con parte del personal parlamentario, y éstos me darían resguardo. Sin pensarlo con mayor detenimiento, opto por el camino de la izquierda.
Afortunadamente he caído en manos del bando somocista, o al menos, anti-sandinistas. Dialogo con aquellos parlamentarios. El alivio, ahora me envuelve y suspiro , haciendo patente mi tranquilidad al ver a aquel grupo de diputados reunidos en torno a un candil en medio de este gran salón. La luz que desprende la lámpara produce un efecto vibrante en las paredes.
Me proponen, en un alarde de interés, desertar de mi puesto de espía para el FSLN y trabajar desde entonces para ellos. -“¡Basta!”- Silencio. -“¡Estoy cansado de que todo el mundo juegue conmigo, estoy cansado de ser la escobilla del váter con la que remover los excrementos que ustedes mismos producen!”- De nuevo silencio y continúa latiendo la tenue luz que ilumina el salón. -“¡No pienso seguir siendo utilizado como una herramienta para, como dicen ustedes, lograr los objetivos políticos en beneficio del Estado…! ¡Mentira, me utilizan para que puedan lograr sus propios objetivos a través del poder, que les corrompe a ustedes!”-
Fatigado, tomo iniciativa en mi carrera para huir de aquellos dementes que, al parecer, me siguen con fusiles y gran cólera. Hace tiempo que anocheció. Llevo varios kilómetros recorridos y al fondo denoto una pequeña plazoleta coronada por palmeras y sobre la cual se levanta una bellísima y muy ornamentada catedral barroca.

 

-“Me parece que me esconderé allí…”-

 

Francisco Javier Gallego Villacañas

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