Como todas las tardes

Como todas las tardes, Juan salía a pasear después de la siesta, una hora antes de que su mujer se dispusiera a salir con él para tomar algo. Era la primera tarde de verano. El solsticio estaba en toda su plenitud luminosa. Los rayos del sol caían abrasadoramente sobre la todavía solitaria calle que abrasaba el asfalto.

Juan, sorteaba el inmenso calor y la luminosidad color oro sumergiéndose entre las hojas verdes de los árboles que aplacaban el fuego del asfalto.

Se encaminaba donde siempre solía sentarse y respirar el aire puro que ahogaba el sol abrasador de aquel primer día de verano.

Las hojas de los árboles brillantes y verdosas se mantenían suspendidas inmóviles sobre las ramas de los mismos. El aire se apagaba por una brisa suave a causa del inmenso calor. A lo lejos resonaban las campanas de la Iglesia, parecía que retumbaban por los cuatro costados de aquel municipio. El efecto del sonido del badajo sobre las paredes metálicas de las campanas retumbaba de una forma uniforme, que daba un brillante sonido que se esparcía por el escaso y fragante aire que flotaba en el ambiente.

Juan, se sienta en un banco de aquel parque. El placer de un ambiente caluroso que ya declinaba en la tarde esplendorosa le hacía sentirse confrontable y placentero. Juan describe con la mirada todo su alrededor. Imaginariamente, encuentra además de la realidad que aquella tarde hacía producir una luminosidad sorprendente, la luminosidad que él se imaginaba por encontrarse a gusto en aquel lugar. De repente enfoca su mirada hacía los chorros de las cristalinas aguas de la fuente que se elevaban hacia el infinito cielo densamente azul. A través de los chorros blanquecinos y movibles el agua producía algunas veces gotas de perlas que escalaban las paredes de los mismos chorros, ve como la gente cruza por detrás de aquella fuente. Al ver sentarse a una pareja, él, recuerda la lozanía de la plenitud en su juventud, que era como un brillante mundo hecho de destellas ilusiones, que daban vitalidad de un futuro empapelado de diamantes que deslumbraban con el color de la esperanza como la dicha de no tener la palabra fin en el diccionario iluminado de la juventud

Cuando más reclinaba el sol hacia su ocaso, la luminosidad como algo mágico, no se apagaba.

De pronto mira hacia su derecha, viendo a una señora pinturera con un espejo en la mano derecha y una barra de carmín color dorado brillante en la otra mano. Los destellos del espejo se esparcían como un conjunto de cohetes cuando la explosión se realiza en el cielo negro. Aquellos destellos eran causados por el lustre luminoso de la farola que empezaba a encenderse chocando sobre la superficie de aquel espejo.

Juan, cada vez más, veía pasar alrededor de él esplendorosas parejas de novios. Una de ellas se sentó en el banco de enfrente entre la penumbra de una farola; que hacía mezclarse aquella penumbra con la luz incandescente de la misma.

Proyectó sus ojos hacia ellos. La pareja se sentó en el banco describiendo aquel lugar. Juan no le quitaba ojo aunque su mirada era totalmente disimulada. De pronto sobre la mente de Juan un luminoso y un esplendoroso mundo de juventud se encerraban. La nostalgia invadía de una forma dorada y brillante su mente. Como una película que pasa gratificante por ella que le produjo miles de imágenes de juventud coloreadas como un arco iris mental, produciendo la brillantez de aquellas tardes donde la ilusión de la primera novia era la plateada luz de vivir subiendo los escalones de una vida satisfactoria y gozosa.

La parejita, después de un rato estar conversando de proyectos dorados y brillantes para el futuro, se fundieron en un solo cuerpo, abrazándose con las luminosas alas del amor.

En aquel momento Juan que los observaba con sus ojos apagados de longevidad pero vivos de nostalgia, pensó para él que en su juventud no tuvo la dicha de amarse con su pareja como en el presente se aman los jóvenes, sin condiciones de tener unos sacramentos firmes y consolidados.

Juan aunque era chapado a la antigua, su corazón de ser humano todavía estaba plateado por la llama del amor, y por qué no, por la visión vital del brillo esplendoroso que había cambiado la sociedad en cuanto a las estructuras de los perjuicios de amarse. La libertad incandescente que ahora había sumergida en la sociedad, en su época no se daba. Paseó toda su imaginación por una juventud que perdió y quizás fuera falsa. Pensaba que se quedó sin el brillo de todo el goce metalizado de una virilidad que al cabo del tiempo se fue apagando como la llama de un fuego incandescente que ilumina todo, y al paso del tiempo declina inexorablemente.

A lo lejos ve como de repente aparece Matías, compañero de tertulia en ese banco. Su mirada se aleja totalmente de la brillantez mocedad de aquella pareja y la enfoca sobre el torpe caminar de su amigo Matías que venía arrastrando los pies como si llevara el puro color amarillento del oro.

Antes de llegar su amigo y compañero Matías hacia él, como si de un chispazo eléctrico se tratara, se le ilumina la mente en lo que se refiere a la idea que le ha venido a la cabeza al ver como arrastraba los pies de color oro por lo pesado que simbólicamente daba la sensación con el movimiento de sus pies. El roce de sus pies sobre la arenilla fosforita que alfombraba ese lugar de recreo le causaba a Juan un sonido cada vez mayor cuando se acercaba a él. Tal sonido se esparcía en el aire puro y fresco que se mezclaba con lo metálico de las campanas de la iglesia, haciendo en el ambiente un colorido variopinto y humanizado.

El gentío era cada vez más masivo. El murmullo de las voces humanas de distintas edades se confundían y se mezclaban entre sí, eran confusas, y no siendo inteligibles ningún mensaje hacia Juan.

La tarde iba cayendo. La noche asomaba por la esquina del horizonte que la alumbraba con sus rayos infrarrojos el ocaso del sol. El calor no dejaba de cesar a pesar que el astro rey no reinaba en su plenitud, ni con su tono incandescente lleno de luz y color.

Una vez que su amigo Matías se acerca al banco le dice:

-Buenas tardes Juan.

-Buenas tardes Matías. ¿Qué tal?

-Ya lo ves, aquí como siempre, esperando a María, para tomar algún café.

-¿Has visto a la parejita?

En ese momento Matías no se daba cuenta a lo que se refería Juan, dejando el bastón sobre el banco, y aunque lo deja con cautela, el roce de metal con su mismo metal ya que el banco estaba hecho del mismo material que el del bastón de Matías produce un sonido continuado que parecía que sus ondas sonoras no terminaban nunca de apagarse. Matías se sienta junto a él sin olvidarse de la interrogación que le había hecho sin terminar de llegar a él.

Le parecía como una disonancia totalmente sonora, diciéndole:

-¿Qué me decías de la parejita?

-Sí, de esa parejita que hay en aquel banco de enfrente besándose, y más que eso.

-Ya, ahora la vida ha cambiado mucho mi querido Juan, cuando nosotros éramos mozos no había tanta libertad como hay ahora.

-Eso es bueno para ellos.

-Pero para nosotros… envidiable.

-¿Sabes una cosa? Que antes de tú llegar, estaba pensando lo mismo. Esta escena me ha hecho recordar el pasado, y lo que nos hemos perdido por culpa de situaciones con ideales distintos.

-Cada época tiene su ideal, y sus valores amigo Juan

-Así es, pero nosotros tampoco nos podemos quejar.

-¿No? ¿Dime porque?

-Porque cada época es su época, y hay que acatarla como viene, ¿O es que te da envidia?

-Pues… sí. ¿A ti no?

-No

-No te recrees tanto en el pasado, y vive el momento que ya nosotros hemos cumplido con nuestra misión aquí en este mundo.

-¡Uy! Parece que ya te estás preparando para el túnel final.

-No, que va, ahora es cuando veo un túnel completamente luminoso y de colores. Disfrutamos de nuestra vida satisfechos de haberla vivido plenamente como dos individuos que han vivido modestamente sin meterse con nadie todo lo que nos brinda la brillante transición que hay entre nacer y el morir.

-Muy Positivo, sí señor.

-Como debe de ser.

-Tenemos a nuestros hijos y a nuestras mujeres, ¿Qué queremos más?

-No hay que pensar en el final hasta que este llega a ser real, solo sabemos que tenemos un mundo lleno de colores y de elementos sonoros que hay que vivirlo independientemente de lo que digan los demás.

Juan, levanta la vista, y ve como vienen sus respectivas mujeres.

Mira, por ahí vienen, que no nos vean mohínos.

-Tienes razón Matías. Vamos a tomar un café con ellas y cada época pertenece a alguien distinto.

Los dos se levantan y se van a su encuentro.

 

 

José Ángel Moreno Serí. Diciembre del 2010.

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