Siete minutos

La luz de un radiante amanecer primaveral bañaba los eternos campos de Castilla cuando Felipe cargaba la maleta en el taxi. Blanca salió en bata a despedirlo al jardín del adosado donde Felipe había vivido hasta los veintinueve años. Su único hijo emigraba a Alemania en busca de trabajo. La despedida fue rápida, concluyó con un suave beso en la mejilla de Felipe, y una profunda angustia en el corazón de Blanca, que sacaba todos sus arrestos para contener inconfesables emociones, sabía que la soledad iba a ser su única compañía lo que le restase de vida.

 

Tras la partida de Felipe, al llegar a la puerta de su casa, Blanca se registró meticulosamente los bolsillos buscando las llaves. No recordaba si las había cogido, ni dónde estaban. Afortunadamente, una costumbre muy extendida en las zonas residenciales del pueblo era dar un juego de llaves a los vecinos más allegados ante posibles emergencias, por lo que Blanca recurrió a éste. Apuró el paso en dirección a la casa de Paloma. Era la más llamativa del barrio con una fachada pintada de blanco y rosa, lo que le daba un aspecto de casa de muñecas. Además de vecina y amiga, Paloma era compañera de trabajo, ambas trabajaban en una residencia geriátrica, cerca de Ávila. Blanca ejercía como auxiliar de enfermería desde hacía doce años, mientras que Paloma, llevaba quince años trabajando como enfermera. Cuando Paloma abrió la puerta se quedó perpleja al verla en bata, al tiempo que su hijo de seis años venía corriendo hacia ellas preguntando en voz alta “¿Quién es?”. Blanca miró al niño y dejó escapar un aluvión de emociones contenidas, incontroladamente comenzó a emitir desoladores sollozos. Paloma tenía una cita con su abogado, y una semana atrás, su vecina se había ofrecido a llevar al pequeño al colegio para que pudiera entrevistarse con él. Blanca había olvidado que era jueves.

 

—Blanca ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? — preguntó Paloma sobresaltada.
—Lo siento, mi hijo se ha ido esta mañana a una ciudad de fuera…lo tengo en la punta de la lengua, es “Frinfort”, “Furtfan”… ¡Soy un desastre! — exclamó Blanca inmersa en una tremenda congoja.
—Quieres decir a Frankfurt, ¿no? Está bien, tranquila, no pasa nada — intentó calmarla—. El horario de desayunos del comedor escolar es hasta las nueve. Pero Blanca, no lo entiendo, te lo he recordado todos los días de esta semana, y no me comentaste nada sobre tu hijo. No te habría insistido tanto de haberlo sabido —dijo Paloma con tono conciliador. —No quería hacer un drama, Paloma —dijo Blanca mucho más serena—. Mejor dejamos el tema, ya se me ha pasado el sofoco. —¿Seguro? Entonces, ¿puedes llevarlo tú? —preguntó impaciente. —No sé, el colegio está lejos y viendo la hora que es…—titubeó Blanca— ¡Bueno, venga! —exhortó Blanca cogiendo al niño de la mano. Paloma arrancó el coche con premura. Era una mujer de cuarenta y dos años, abierta y optimista, en su rostro siempre lucía una inquebrantable sonrisa. No obstante, ese día, no encontraba demasiados motivos para sonreír. Una extraña sensación de desasosiego le invadía el cuerpo. Sospechaba que algo le ocurría a su vecina. Blanca era una de sus amigas más íntimas, la conoció años antes de ser compañeras de trabajo, y desde entonces siempre había mostrado un temperamento estable, una firme seguridad en sí misma y un perfeccionismo que en ocasiones rozaba la obsesión. No era propio del carácter de Blanca el bucle continuo de cambios de humor, y el perpetuo estado de apatía y abatimiento que observaba en ella las últimas semanas. Paloma aceleró con una inquietud en la cabeza, la idea de que en esos instantes Blanca estaba con su hijo. El hijo de Paloma correteaba a través de los angostos pasillos de la planta de arriba colapsados por archivadores de plástico transparente que permitían ver el interior de los cajones. Recientemente, Blanca había redecorado la casa reemplazando los majestuosos muebles continentales por otros con un estilo mucho más funcional. De las paredes ya no colgaban óleos con escenas de caza o bodegones, ahora, lo hacían varios estantes que se extendían alineados a la altura de Blanca por todas las habitaciones en donde reposaban, a la vista de cualquier espectador, todo tipo de objetos. Una decisión que, más que por su precipitación, resultaba inexplicable porque la evocadora caoba africana del antiguo mobiliario siempre causaba innumerables elogios por parte de familiares y amigos durante las largas tertulias de sobremesa, lo que provocaba en su propietaria un secreto orgullo. Aunque, ese sentimiento ya le parecía secundario; en los salones donde antaño se rumiaban chismes y avatares rutinarios que componían la banda sonora del vecindario, el sigilo cerró puertas y ventanas y se abrió paso la reserva, pues Blanca se negaba a recibir visitas desde hacía meses. Ajeno a este cambio, el niño, atraído por el color, centró su atención en un pósit rosa fluorescente de los muchos que estaban pegados en los archivadores. Impulsado por la insaciable curiosidad del discente lo arrancó para intentar leerlo. La nota decía: “Dar donepezilo en la cena a Marcela”. Entre tanto, sentada sobre la cama del dormitorio, Blanca realizaba un esfuerzo inmenso por introducir cada uno de los pequeños botones de la chaqueta en los ojales. Tras cada intento fallido limpiaba compulsivamente sus gafas y comprobaba al trasluz si quedaban restos de partículas, una y otra vez, con tal fuerza, que resquebrajó una lente. Blanca no se molestó en buscar el par de repuesto, ni siquiera se paró a pensar dónde podría haberlo guardado, pues sabía que el problema no estaba en su vista. Abatida e impotente por la incipiente certeza, cogió el espejo de mano para inspeccionar su rostro, palpaba las arrugas de su frente, acariciaba su cuello, estiraba la comisura de sus labios y pensaba que no era tan mayor. No llegaba a los sesenta años. Al día siguiente, Blanca entró a trabajar en el turno de tarde. La noche anterior una interna había deambulado por el jardín durante dos horas hasta que la auxiliar de guardia la encontró. La anciana era Marcela, y amaneció con síntomas de pulmonía por lo que el centro comenzó una investigación con el fin de determinar las posibles causas de la fuga. Todas las pruebas señalaban a una misma persona. La auxiliar de guardia confirmó que la última persona que había mantenido contacto con Marcela había sido una de las compañeras del turno de tarde, Blanca. La directora de la residencia la citó en su despacho. Sensiblemente compungida inició su discurso exponiendo a Blanca la realidad sobre el centro, era una residencia privada para personas mayores de renombre, y levantó notablemente su tono de voz para enfatizar donde desempeñaba sus funciones, recordándole la vital importancia en la correcta aplicación del protocolo establecido en su puesto. Blanca trabajaba en la unidad de tratamiento especializada en demencia tipo Alzheimer, destinada a atender las necesidades específicas de los mayores con esta patología, normalmente en fases moderada o avanzada. Le explicó que los enfermos de la etapa moderada manifiestan un deterioro cognitivo avanzado por lo que pueden llegar a perderse en lugares conocidos. Además, se muestran visiblemente apáticos y deprimidos. Continuó matizando que, su mayor preocupación, se cernía sobre los mayores en la fase avanzada por las severas limitaciones en las actividades de la vida diaria que muestran. Tienden a desorientarse constantemente, pierden la capacidad de hablar, o se limitan a repetir locuciones aisladas de forma continuada. No pueden reconocer a sus familiares y amigos; ni siquiera se reconocen a ellos mismos ante un espejo. La directora finalizó la descripción del desarrollo de la demencia con un dramático gesto en el rostro al mencionar el estado de los pacientes más graves: —Blanca, estos internos requieren una atención muy profesional, ¿comprendes?, olvidan andar, olvidan sentarse, olvidan masticar…, incluso pueden llegar a caer en un estado vegetativo, y tú, y yo, y todos nosotros debemos estar continuamente alerta, son muchas sus carencias —Blanca agachó la cabeza—. Por suerte para ellos, no se dan cuenta de la mitad de las cosas, dejan de ser consientes de todo lo que hacen porque pierden progresivamente el control sobre sus funciones orgánicas; ya no sufren, no al menos como los…, bueno, ya sabes. Sanos, la palabra que no se atrevía a decir era sanos. Blanca tardó un poco en terminar la frase pero la entendió perfectamente, cómo no hacerlo si ese adjetivo continuamente acechaba su mente. Lo que no alcanzaba a comprender era la intención de la directora por tratar de situarla en una enfermedad cuyo avance vivía cada día.

La directora bebió un trago de agua y prosiguió con su intervención explicando que en los últimos meses el centro había notado un detrimento en su rendimiento en forma de continuas negligencias, algo intolerable dada la dilatada experiencia de la auxiliar. A continuación, recalcó la existencia de indicios más que razonables sobre la posibilidad de que, a Marcela, no se le habría proporcionado donepezilo en la cena, pues de lo contrario no encontraba explicación a la agitación de la interna esa noche. Blanca no sabía cómo interpretar aquellas palabras, si cómo una amenaza velada o cómo una firme acusación, en cualquier caso prefirió no hacer preguntas. Para concluir, la directora puso una carta encima de la mesa. Blanca la leyó con calma varias veces, le costaba leer y no entendía muchas palabras, sobre todo las relacionadas con la jerga legal del documento, pero pronto divisó el alcance de la conversación. La directora intentaba pactar una prejubilación. En casa, Blanca empezó a analizar detenidamente sus alternativas laborales y no pudo evitar pensar en la tendencia de las distintas entidades a prescindir del personal con más edad. Circunstancia inconcebible porque, a su juicio, los empleados más veteranos aportan sabiduría, experiencia…lo que ella intentaba ofrecer cada día en su trabajo. Rememorando su bagaje laboral se sintió embargada por una ensoñación que la trasladaba a remotos recuerdos sobre el principio de su carrera profesional, su paso por la escuela, el nombre de la maestra de párvulos e incluso el de algunos compañeros de colegio. Durante esos segundos, experimentaba una sacudida inusitada de vitalidad, placidez…. Estos recuerdos aparecían de forma lúcida en su memoria, y sin embargo, no conseguía acordarse de lo que comió ayer. La brusca certidumbre la hizo volver a la realidad. Rápidamente, desistió en continuar con su exaltación de la veteranía profesional al percatarse de que las cuestionables ventajas asociadas a la juventud son un valor alza en la sociedad actual. No podía competir en un mundo que a priori la etiquetaba como incompetente, ineficiente o aún peor, como vieja. Sea cual fuere la decisión que tomara, suponía perder su trabajo, por lo que debía centrarse en la más beneficioso para ella. Podía acceder a una prejubilación, una opción nada desdeñable que parecía ser la que más le convenía, merecía un descanso después de tantos años de trabajo, pero entonces necesitaría tomar medidas para dar un nuevo propósito a su vida antes de que perdiera completamente su autonomía. Por otro lado, existía la alternativa de rechazar el acuerdo y continuar en su puesto quedando expuesta a un posible despido disciplinario si proseguían sus despistes. Un cúmulo de pensamientos contradictorios nublaba su voluntad, no lograba salir del dilema. Permaneció en este estado de obnubilación hasta que oyó el claxon de un coche. Blanca estaba parada en medio de la calzada y ni siquiera sabía cómo había llegado a la calle, se sentía abrumada, temerosa, inútil…El despertar de estos sentimientos propiciaron una decisión; si bien la perspectiva de seguir trabajando se le antojaba la más apetecible, era la menos viable dada su situación. En treinta días se prejubilaría. La noticia corrió como la pólvora entre el personal de la residencia. Algunas compañeras no tardaron en manifestarle abiertamente su desacuerdo con los motivos de su salida del centro, otras optaron por el silencio, y los menos, en sus círculos más privados, confesaban su conformidad con la oferta de la dirección. Paloma se encontraba entre éstos últimos. Reparando en sucesos recientes, dudaba de las facultades de Blanca, no era la primera vez que erraba en procedimientos elementales para cualquier auxiliar. Además, se rumoreaba que pasaba demasiado tiempo hablando con los residentes. Ese tiempo de más se había interpretado, por parte de ciertas auxiliares, como una estrategia de Blanca para holgazanear y eludir tareas desagradables. Paloma no daba credibilidad a esos rumores. Años atrás la recomendó para la vacante de auxiliar segura de su profesionalidad y, aunque quería creer que seguía siendo así, esos comentarios sólo incrementaban sus propias dudas sobre la competencia de Blanca. Y se culpaba por ello. Paloma quiso aclararse preguntándole directamente. —Blanca, ¿tienes un segundo?, por favor —le preguntó Paloma por las escaleras— . Seré breve.

—Ando liada, me quedan bastantes habitaciones por hacer —contestó Blanca ansiosa. —Sólo quiero saber qué te pasa últimamente. Blanca, no te veo bien, no eres tú —exclamó Paloma mirándola fijamente a los ojos. —¡Ahora no Paloma! —respondió atónita— .Dame tiempo. Es algo muy doloroso. Blanca supuso que, como quien rompe un cristal al salir huyendo, ella misma se había delatado al pronunciar las palabras “algo muy doloroso”. Pero qué es el dolor, acaso no es una constante en nuestra existencia. El dolor nos acompaña desde el mismo instante en que nacemos, está presente en la primera bocanada de aire que arde en la garganta de cualquier vida recién parida provocando una inédita exhalación, como anuncio de su llegada al mundo. Y sin embargo, nadie puede revivir ese momento. Blanca caminaba hacia la habitación de Marcela absorta en esa reflexión, pensaba que al igual que nadie es capaz de recordar su nacimiento, pronto los recuerdos de su vida se presentarían tan confusos y lejanos como los acontecimientos de ese día. Era cuestión de tiempo que los estragos de la enfermedad empezaran a manifestarse para los demás, si es que no se habían hecho evidentes ya. No podía seguir ocultándolo. Inevitablemente, olvidaría el nombre de las cosas, el nombre de su hijo y hasta su propio rostro. Al imaginarlo sentía pánico. A Blanca no le asustaba la vejez o la muerte, sino el sufrimiento. Le turbaba padecer cualquier tipo de dolor, pero sobre todo, tenía miedo del sufrimiento que iba a provocar a su familia contemplar su irrefrenable deterioro físico y mental. Era joven para desarrollar la enfermedad pero, como muchas de las internas a las que había cuidado durante años, ella también tenía Alzheimer. Blanca encontró a Marcela de pie frente a la ventana con la mirada perdida en el horizonte y medio desnuda de cintura para abajo; no reaccionaba a ningún estímulo, ni era consciente de que se había quitado de la pierna la sonda de la bolsa de drenaje para orina. Estaba completamente meada. En otras circunstancias, Blanca habría sentido indiferencia e incluso repugnancia al lavar a Marcela, pero en ese momento se veía reflejada en ella. Blanca estaba en la fase leve de la enfermedad, y todavía podía valerse por sí misma, pero sabía que el tiempo corría en su contra. Mientras pasaba la esponja por las raquíticas piernas de Marcela, recordaba cómo el día que fue diagnosticada cambió su actitud frente a los pacientes con Alzheimer, pasó de la condescendencia al interés por conocer hasta el detalle más ínfimo de sus vidas. Pasaba horas conversando con ellos, buscando un atisbo de lucidez en sus conciencias, pretendía comprender sus sentimientos, sus deseos…,cualquier información que le fuera útil para ahondar en la parte más humana de la enfermedad. Hasta entonces, Blanca no había experimentado empatía alguna hacia ellos. Ahora, deseaba atenderlos con idéntica dignidad a la que esperaba para ella cuando se encontrase en ese estado, aún a sabiendas de la extrema complicación que implicaba tal labor, pues la frustración y la impotencia son las inseparables compañeras del cuidador de personas con Alzheimer. Pese a su avanzada edad, pasados quince días Marcela superó la pulmonía, quedó en un mero catarro. La anciana tenía ochenta y tres años, era de las residentes más antiguas del centro y desde que ingresó no recibía visitas. Blanca mantenía una relación muy cercana con Marcela, a pesar del Alzheimer, percibía un halo especial en ella. Dos años antes todavía conservaba la capacidad de hablar correctamente y por entonces, cuando hacía buen tiempo exigía a las auxiliares que la sacaran a pasear al jardín, aunque le costaba andar. Blanca la sujetaba por la cintura, mientras caminaba apoyada en el andador. En esos paseos el sol parecía irradiar sobre el cerebro de Marcela fogonazos de consciencia, se comportaba como una anciana más, como una entre tantas con una apariencia vulnerable pero sana, a la que, simplemente, le asaltaba la nostalgia. Durante esos fugaces episodios de lucidez, Marcela le pedía que le confesara cotilleos del centro y ante la negativa de la cuidadora le replicaba diciendo: “Si no me voy a acordar”. Animada por Blanca compartían emociones. Marcela le describía de forma imprecisa las costumbres típicas del pequeño pueblo de La Mancha donde se crió, canturreaba canciones infantiles, había sido maestra de primaria, e increpaba a Blanca para que no la soltara porque solía perderse en la residencia. La auxiliar le hablaba de su primer perro , últimamente no pensaba en otra cosa, al tiempo que la tomaba del brazo para que se sintiera segura; notaba el bello erizado de Marcela al narrar esas historias, percibía el brillo de sus ojos, captaba las variaciones en su respiración…Blanca sentía esperanza, advertía que aquella mujer conservaba su alma. Esa mañana la auxiliar fue al cuarto de Marcela para levantarla y la anciana comenzó a gritar despavorida, balbuceaba frases inconexas y sin sentido, pero hubo una que discernió claramente: “¡¿No sé quién eres?!”. Paloma presenció la escena: estupefacta contempló como Blanca se derrumbaba en el acto, tuvo que apoyarse en la cama para no caer de bruces. La reacción de Blanca condujo a Paloma hasta su casa, por la noche, decidió visitar a su amiga. Hacía tiempo que no veía la vivienda, y se quedó muy sorprendida por la nueva decoración del salón. Mientras contaba los numerosos relojes de la estancia Blanca salió de la cocina con un plato de cacahuetes, lo colocó encima de la mesa y sin pronunciar palabra se sentó en el sillón. Paloma no sabía cómo iniciar la conversación, ansiaba una respuesta para mitigar una culpabilidad desdoblada, por un lado se sentía mal por cuestionar la valía de su amiga, pero a la vez, no podía obviar sus problemas de concentración .Tras cinco minutos de incómodo silencio Blanca confesó. Se remontó a la muerte de su esposo; había fallecido de un ataque al corazón hacía cinco años, dos años más tarde empezó a perder el apetito, dormía mal, y sobre todo se sentía confundida y decaída. Al principio creyó que se trataba del inicio de una depresión, aunque no se explicaba por qué le sucedía entonces y no en el momento de la defunción de su marido. Además de otros síntomas, Blanca notaba gran dificultad para retener información nueva y le costaba horas organizar la agenda, volvía a las páginas anteriores para leer la última anotación una y otra vez. Su torpeza cotidiana le reveló una repentina sospecha: “¿Era demencia?”. Después de dedicar tantos años al cuidado de personas con Alzheimer, Blanca había aprendido a identificar las señales de advertencia, aun así, no quería aceptar la posibilidad de que le pudiera ocurrir a ella.

Blanca prefirió ignorar la situación hasta que una mañana tuvo una fuerte discusión con su hijo. Felipe estaba en su cuarto buscando trabajo por internet, desoyendo los consejos de sus coetáneos respecto a que emigrara a Alemania. Debido a la creciente crisis económica de España se veía obligado a abandonar el país, pero no deseaba hacerlo. Felipe presentía que su madre seguía sufriendo por la muerte de su padre y no hallaba el valor necesario para dejarla sola. De repente Blanca apareció en la habitación fuera de sí, amonestándole con todo tipo de insultos, y culpándole de robar su dinero y de esconderle el cepillo de plata. Felipe no daba crédito a la reacción de su madre, no entendía por qué le sometía a tales acusaciones cuando no se había separado en toda la mañana del ordenador. No aguantó más. Felipe salió llorando del cuarto para buscar el cepillo. A los cinco minutos lo encontró en una de las repisas del baño, en cuanto al dinero, en realidad nunca faltó, fue un error de cálculo de su madre. Blanca lo negaba todo, no atendía a razones, rechazaba los argumentos de su hijo, seguía afirmando que le cambiaba las cosas de sitio y le robaba. Felipe estaba desesperado por demostrar su inocencia, no sabía cuántas pruebas más necesitaba, le decía que ella no le había educado para robar, que jamás recurriría al engaño para conseguir sus objetivos…Se defendió hasta la extenuación, y sin embargo su madre no le creyó. Días más tarde, Blanca decidió someterse a las pruebas para la detección precoz del Alzheimer. Los neurólogos diagnostican la patología con datos recabados en el entorno cercano del paciente, por lo que Felipe tuvo que contestar a una serie de cuestiones relativas a los problemas de memoria de su madre, y sobre sus dificultades para llevar adelante su vida cotidiana. Además, Blanca se hizo un análisis de orina y de sangre, para descartar infecciones potenciales. Pasó por una resonancia magnética nuclear, una tomografía por emisión de positrones y una combinación de ambas con el fin de visualizar la forma y estructura de su cerebro, y detectar los primeros cambios en el tejido cerebral. No obstante, el diagnóstico definitivo lo obtuvo a través de la Prueba de los Siete Minutos. Una prueba que evalúa las áreas más afectadas por el Alzheimer que, con más frecuencia, suelen ser la orientación, la memoria, la percepción visual y el lenguaje, en tan sólo siete minutos, siete minutos que sellan el rumbo de una vida para siempre. Cuando el médico les comunicó los resultados a Felipe se le desgarró el alma. Eran concluyentes. Blanca cambió padecía la patología. A solas, en la sala de espera del hospital, Blanca le suplicó encarecidamente a su hijo que se alejara de ella, pues no deseaba que echara a perder su porvenir por atenderla. Felipe no accedió, pero la insistencia de su madre pudo más que él, fue implacable. Meses después, su hijo se marchó a Alemania. Paloma entró en trance por el impacto de la noticia. Miraba alrededor consternada e incrédula ante la verdad revelada, se preguntaba cómo Blanca había sido capaz de ocultar la enfermedad durante más de dos años. De pronto, las respuestas aparecieron. Las descubrió en los estantes saturados de cosas, en la sustitución de los preciosos muebles de caoba por otros más prácticos, en los archivadores de plástico, en la multitud de notas que regaban los espejos…Todas esas modificaciones formaban parte del proceso de adaptación de Blanca a la enfermedad. Paloma volvió en sí al oír la voz de su amiga. —Paloma, no te he hecho venir para confesarme — dijo Blanca mientras sacaba un sobre de un cajón. —¿Cómo? ¿Estás enfadada conmigo? Si te he molestado en algo, lo siento. —No, no estoy enfadada. Sólo necesito tu apoyo .Cada día mi deterioro va a más, y no quiero hacerme daño, ni hacer daño a nadie —Blanca tomó aire—. Paloma, quiero ingresar en la residencia. Si fuera necesario, tengo la autorización de Felipe —dijo Blanca entregándole el sobre a su amiga. Ella lo cogió sin decir nada. A partir de ese momento, Paloma aceptó cuidar de Blanca.

 

Ana Barrajón

 

Este relato obtuvo el segundo premio en el  II Concurso de relatos cortos “Mujer, discapacidad y empleo”, organizado por CCOO de Almería.
 
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