Comarcal 39

Enero de 1980

Guzmán odiaba trabajar en el turno de noche, sobre todo si tenía que hacer aquella ruta, atravesar una solitaria y maltrecha carretera, casi olvidada, durante toda la noche una y otra vez.
Pero al fin y al cabo era su trabajo y tenía que ganarse las habichuelas.
Entró en la gran cochera y saludó al coordinador, silbando, caminó hacia su ya viejo autobús, aunque resistente y compañero de trabajo, podría decirse que sentía una especie de amuleto con aquel coche, el cual revisaba y cuidaba como si tuviera que durar para siempre.
Pero al llegar vio que su autobús había desaparecido, lo primero que pensó fue que alguno de sus compañeros había tenido el atrevimiento de cogerlo, algo que le molestaba ya que ahora tendría que buscar otro, y sin duda no sería igual conducir ese que el suyo.
–¿Dónde…?—comenzó a preguntar.
–Están cambiándole el aceite—dijo el coordinador caminado hacia él.
–Eso se avisa—dijo Guzmán.
–Puedes coger ese de ahí.
Miró al autobús que le indicaba, sin duda, nadie había querido cogerlo, era bastante antiguo y viejo, se preguntó si estaría en condiciones de cruzar la horrible carretera que le esperaba
Curiosamente jamás se había fijado en él, como si fuera invisible, olvidado en un rincón de la cochera.
Como si hubiera aparecido aquel día para que él lo condujera.
–No me jodas—dijo—¿Esa tartana está en condiciones?
–Es viejo—dijo el hombre—Pero está preparado para que lo cojas.
Guzmán miró el vehículo, algo más pequeño que el suyo y mucho más viejo, seguramente databa de los años setenta, cuando abuelos cruzaban la península en viajes del IMSERSO, agobiados por el calor de dentro y con el olor de los almuerzos poblando toda la cabina.
Tras entregarle el coordinador las llaves, abrió la puerta y entró, sorprendentemente estaba limpio, caminó hacia el fondo del pasillo, examinando los asientos, la mayoría estaban descoloridos, abiertos en algunos sitios como una herida que sangrase espuma, todos llevaban su cenicero, un recordatorio de cuando en los autobuses todavía podía hacerse cualquier cosa, por supuesto, no había ni rastro de los cinturones de seguridad.
–Menuda mierda—balbuceó.
Se sentó al volante, que crujió bajo su trasero, y cerró la puerta, miró los controles, viejos y desgastados, por suerte tenía gasolina de sobra.
Encendió el motor, que arrancó con un bramido como de dolor, y salió a hacer su turno.
La primera parada no estaba lejos, encendió la radio y escuchó el monótono ruido blanco, fue girando el viejo dial hasta encontrar música o una voz que le acompañase durante el viaje, al final una masculina y grave voz se cruzó con él y detuvo sus dedos.
Se acercó a la vieja dársena y frenó, abrió la puerta y la vio vacía, a aquellas horas, las dos de la mañana, no solían subir muchos viajeros, nadie solía tener el valor para cruzar la comarcal 39 de noche, se inclinó hacia fuera para asegurarse de que no subía nadie, puso la mano sobre el botón que cerraba la puerta y le vio.
Era un hombre alto, vestido con un abrigo negro para protegerse del frío, su rostro era delgado, demasiado delgado, y serio como el de un amortajado, con los ojos hundidos y los labios, dos líneas casi invisibles, pálidos como los de una estatua de mármol.
Subió despacio y pagó sin decir palabra, Guzmán, en cambio, le dio las buenas noches sin recibir respuesta alguna.
Le vio adentrarse a través del pasillo y sentarse a la izquierda, no muy lejos de él, pero tampoco muy alejado.
Arrancó de nuevo y continuó su ruta, de vez en cuando miraba al extraño sujeto, el cual mantenía la mirada al frente, sin observar siquiera por la ventanilla, como si fuera un maniquí.
–Que tipo más raro—pensó.
El siguiente pueblo, en la siguiente dársena, no esperaba nadie, algo que no le extrañó, en la radio la voz masculina decía la previsión meteorológica “intervalos lluviosos acompañados de algunas nevadas”, no estaba siendo un enero muy generoso en lo que a buen tiempo se trataba.
Llegó la carretera que temía, la comarcal 39, una franja de cemento sin arcenes y con las marcas ya borradas, no sería el primer conductor que sucumbía a sus peligros si se salía de aquella inhóspita y parcheada carretera, debía tener los ojos bien abiertos y clavados en ella.
Avanzó por ella a velocidad media, iluminando su camino tan solo con los faros de su autobús, que, destartalado, hacía, no obstante, su trabajo de manera aceptable.
La señal de la radio se fue, como si no quisiera enfrentarse al peligro, dejando un ruido blanco y sedoso, no intentó cambiar el dial, el viento se había levantado de repente y parecía querer expulsarles hacia la izquierda, donde solo había oscuridad.
Miró al tipo a través del espejo retrovisor, le miraba con ese rostro de frialdad, de petrificación, quizás preocupado por el amenazante camino.
Pero Guzmán había hecho esa ruta cientos de veces, no con ese autobús, pero si con el suyo, y se lo conocía como la palma de su mano, no estaba preocupado.

Quizás aquella noche no tendría que salirle nada bien, al menos eso pensó cuando su corazón quiso salir de su pecho por su garganta y su pierna se tensó al pisar el maltrecho freno de golpe, haciendo chirriar las ruedas.
No atisbó bien la figura que pasó por delante de él, pero hubiera jurado que era humana.
Allí, detenido en medio de aquella carretera, cogió aire y lanzó una maldición, después miró por el espejo retrovisor a su único pasajero.
–¿Se encuentra bien?
El hombre miraba al frente, no a él, después giró la cabeza despacio hacia la ventanilla, no dijo una sola palabra.
Guzmán continuó, emprendiendo de nuevo la marcha.
–Debía de ser un jabalí—se dijo.
Pero sabía que no lo era, aunque tampoco hubiera podido decir que era lo que casi se había introducido bajo sus ruedas.
A los pocos minutos sucedió lo que tanto temía, algo que de haberle pasado en otro sitio, no le hubiera dado mucha importancia, pero le tuvo que ocurrir precisamente en la comarcal treinta y nueve.
La rueda delantera derecha había pinchado.
Miró a su alrededor, recordaba que había una gasolinera abandonada, si tenía suerte podía meter allí el autobús y cambiar la rueda.
En efecto, atisbó el cartel, iluminado tan solo por la tenue luna, de la vieja gasolinera Repsol, dobló el autobús hacia allí y detuvo el motor, miró al tipo.
–Hemos pinchado—dijo.
Iba a pedirle ayuda, pero algo le decía que sería inútil, aquel tipo no parecía tener sangre en las venas.
Bajó del autobús y miró a su alrededor, abrochándose el cuello de su abrigo, el frío era cortante y aquella vieja gasolinera no ofrecía un lugar muy alentador donde pasar la noche.
Miró la rueda, poco a poco se desinflaba como un globo, después abrió el maletero para sacar las herramientas.
–¡No!—exclamó al ver el interior–¡Me cago en todo!
Allí no había nada, tan solo una linterna vieja que, tras pulsar el botón y golpearla dos veces contra la palma de su mano, se encendió.
Iluminó el interior del maletero para asegurarse de que, efectivamente, estaba vacío, no había ni rueda ni herramientas para hacer el cambio, echó la culpa al coordinador, que le había dado aquella tartana sin asegurarse de que hubiera rueda de repuesto.
Iluminando a su paso, volvió a entrar, la única salida que le quedaba era caminar hasta la carretera nacional, eso sí, con su extraño cliente, lo cual no le hacía mucha gracia.
Cuando entró en el autobús lo encontró vacío.
–¿Oiga?—preguntó–¿Dónde está?
Caminó entre los asientos, mirando en todos y cada uno de ellos, no quería marcharse y dejar allí a aquel sujeto, el cual podía denunciarle por ese acto.
Pero allí no estaba, y no había muchos sitios donde esconderse.
–Que le folle un pez—dijo.
Se dispuso a salir, quizás su pasajero ya estaba fuera, esperándole nervioso, se volvió hacia la puerta, por algún motivo deseaba salir de aquel cacharro, pero de nuevo la mala suerte le detuvo,
El ruido blanco de la radio llegó a sus oídos como una melodía macabra, ¿La radio? Tenía las llaves en el bolsillo, la radio no podía estar encendida.
Se volvió estupefacto y comprobó que, efectivamente, la radio estaba en marcha, acercó la mano para apagarla y las voces infantiles le helaron la sangre como nitrógeno líquido, eran risas de niños que surgían de entre el ruido blanco, como renacientes.
Apagó la radio de golpe y salió, cerró el autobús y miró a su alrededor, todo estaba oscuro, salvo por el punto de luz de su linterna.
Había oído historias de ese tipo, nunca las había creído, pero pudiera ser que estuviera siendo preso de alguna de ellas, ahora creía que lo que antes se había cruzado por delante había sido un niño, pero intentaba auto convencerse de lo contrario, seguramente las voces del dial sería una emisora cruzada.
Salvo porque la radio estaba encendida sin motivo aparente.
Un escalofrío le recorrió, deseoso de salir de allí, iluminó la vieja gasolinera, vio una máquina de refrescos abierta, seguramente desvalijada, habían tirado la puerta abajo, se acercó a ella e iluminó el interior, no había más que basura, todo estaba dominado por el polvo y supo que aquello pertenecía a las ratas y las cucarachas.
El teléfono de fuera estaba, como suponía, fuera de servicio, no había manera de comunicarse con nadie.
Comenzó a caminar por la carretera, estaba claro que el pasajero había desaparecido, quizás nunca hubiera estado allí, solo esperaba que alguien pasara por aquel inhóspito lugar y le viera y le recogiera.
El frio le atenazaba los huesos y sentía algo de miedo, pero solo deseaba llegar a algún punto habitado, por suerte, al conocerse tan bien esa carretera, sabía que dentro de dos kilómetros saldría a la nacional, allí había una estación de servicio que abría las veinticuatro horas.
La risa del niño le sobrecogió de pronto, se volvió hacia ella, no vio nada, la luz de la linterna se movía temblorosa. ¿Quién le acompañaba? Que un niño estuviera allí, a aquellas horas, era prácticamente imposible, pero la risa continuaba, después se sumaron otras, Guzmán estaba pálido como la luna que se escondía entre las nubes, ya se decía a si mismo que aquel paraje estaba embrujado, maldito, no cabía duda, no podía haber otra explicación.
Apresuró el paso mientras comenzaba a rezar, su boca estaba seca y la mano que sostenía la linterna estaba tan fría que apenas la sentía, pero temía hacer movimiento alguno por temor a no ver algo que apareciera delante de él.
La visión de un cartel le alegró, en él podía leerse “Río Bígor”, era el puente que pasaba sobre aquel afluente del tajo, ya quedaba poco más de un kilómetro para abandonar la maldita comarcal treinta y nueve.
Nunca pensó que el cruzar por aquel viejo puente de piedra sería lo peor que le ocurriese en la vida, pues lo que vio allí jamás lo olvidaría.
Se detuvo al comienzo de este. ¿Que eran aquellas formas que estaban sobre el puente, a ambos lados? Iluminó con la linterna y vio los rostros de los niños, dio un grito, un grito de espanto, y algunos niños rieron. ¿Qué hacían allí, a aquellas horas? Quizás fueran unos niños que se hubieran escapado de algún colegio, pero descartó la idea cuando vio que sus piernas se perdían antes de tocar el suelo, no poseían pies, o al menos él no los veía.
Estuvo a punto de volverse y correr, pero si lo hacía estaría yendo hacia la oscura y funesta comarcal, la cual tenía una longitud de cinco kilómetros, todos ellos oscuros y abandonados, por no hablar del horrible y cortante frío.
Petrificado ante aquellos infantes fantasmales, comenzó a caminar, tieso como un palo, solamente sus pies se atrevían a moverse, con los ojos miraba ambos lados, y en ellos veía a los niños que le miraban, sonrientes, todos parecían estar mojados, con manchas de lodo en sus caras, como si hubieran salido del río, sus ojos eran blancuzcos, sin vida, a pesar de que Guzmán no estaba muy ducho en esos temas, sabía que se encontraba ante unos fantasmas, niños que en antaño habían gozado de la vida y ahora atormentaban a los que se atrevían a pasar por allí.
El corazón apenas le respondía, como si fuera en ralentí, los niños lanzaban risitas que eran más como amenazas que unas risas normales, cuando el puente se acabó, giró la cabeza solamente unos centímetros, observó que los niños se habían movido y reunió los suficientes redaños para volverse, vio al grupo de niños frente a él, en medio del puente, con ellos había un adulto que reconoció al instante, era el pasajero que había subido a su autobús.
Rompió a correr a la vez que a gritar, y no supo cómo, pero no paró hasta observar las salvadoras luces de los coches que transcurrían por la nacional.
El dependiente de la gasolinera de la nacional nueve vio entrar blanco, casi infartado, era un hombre, con el uniforme de conductor de autobuses, que balbuceaba palabras inconexas, parecía que hubiera visto un fantasma.
Le sentó en la trastienda y llamó a un médico, no conseguía sacarle nada a aquel extraño caminante.
Le puso una manta sobre los hombros y salió a atender un cliente.
Guzmán respiró hondo, la linterna escapó de sus manos y se apagó, rodando por el suelo, con la mirada en el vacío, permaneció allí hasta que vio un viejo periódico, amarillento, lo cogió despacio y miró la noticia, la sangre, que empezaba a calentársele, se le heló de nuevo.

“Un autobús escolar cae al río Bígor
Ayer, la desgracia se cebó con los niños del colegio público Buenavista, cuando su autobús, que iba de excursión a Toledo, se precipitó sin causa aparente al rio Bígor, que, repleto de agua, ahogó a todos los alumnos del vehículo”

Miró la foto, de archivo, una foto grupal de la clase 2 A, en ella podían verse a niños sonrientes y a un adulto, su rostro le hizo balbucear una plegaria al cielo, era el pasajero que había llevado en el viejo autobús.
Se levantó aterrorizado y salió, intentó parecer tranquilo ante el dependiente, le contó que su autobús le había dejado tirado y que había venido andando, que estaba así por el intenso frío.
Una hora después un compañero suyo el recogió en su autobús, el dependiente, todavía sin comprender mucho lo que había sucedido, entró en el almacén y vio la linterna que el caminante se había dejado, la cogió y observó con curiosidad una pegatina en ella.

“Propiedad del colegio público Buenavista”

FIN

 

Miguel Ángel  Sánchez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s