Ángel Sepulveda y Carmen Nieto nos abren las puertas de su casa.

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La vida nos depara grandes momentos, sorpresas extraordinarias que nos enseñan un mundo, a veces, olvidado; otras, desconocido o ignorado.

Este año en el que conmemoramos la muerte de Cervantes, es necesario, a la par, conocer costumbres, pensamientos y modos de vivir de la gente de otras épocas porque sin duda, nos ayudará a comprender mejor las obras que dejaron autores de la talla de Cervantes.

He tenido la suerte de llegar a conocer la casa en la que vivieron mis bisabuelos maternos. Una casa de las de antes, grande, espaciosa y con todo lujo de detalles, entonces necesarios y ahora casi desaparecidos, que se disponían ante mis ojos como piezas de museo. Hace unas semanas, la vida me deparaba una sorpresa en una mañana cualquiera de compras por mi pueblo.

El ilustre y bien querido D. Ángel Sepúlveda y su encantadora esposa Carmen Nieto, me invitaban a visitar su casa, que además de acogedora, es digna de colección. Lo primero que encuentras al pasar es un típico patio castellano con obra pictórica y escultórica, en gran parte creada por la misma anfitriona, mobiliario de madera tallada conservado perfectamente como si el tiempo no hubiera pasado y una escalera de mármol blanco que sin duda, es la obra maestra de la casa, junto al impactante cuadro sobre una de las láminas que se representan en El Quijote.

En la planta baja y de camino al patio exterior, cabe destacar  una galería de arte y un aljibe en una sala con las típicas vigas de madera. El tradicional patio de estilo manchego se viste de una luz solar, que al reflejarse en las paredes de cal, aviva el color azul de la madera y las flores de las macetas e invita a imaginar estampas de una noche de verano tomando el fresco bajo la luna, o de una soleada mañana leyendo en calma, mientras respiras aire de otro tiempo.

La casa es un museo en vivo. Lo más hermoso es el contraste de reliquias, donde podemos encontrar desde una vajilla de herencia familiar y de edición limitada, o un escritorio de principios del S. XX, hasta un sencillo aparador con retratos. No puedo resistirme a contar lo bonito que fue ver, que por encima de las joyas arquitectónicas, artísticas o literarias que conservan, se encuentra el mayor de los tesoros: unos simples marcos con fotos de la familia. Esto nos demuestra la sencillez de este culto y admirable matrimonio, ejemplo de honradez, humildad y trabajo.

Y por si no tenía suficiente con la visita guiada a una de las casas más bonitas de Quintanar, mientras Ángel me enriquecía con sus grandes conocimientos sobre Cervantes y me enseñaba sus colecciones literarias, Carmen representaba al teclado una de las composiciones musicales más importantes de la historia, Para Elisa, de Ludwig van Beethoven. Mis sentidos no podían estar más complacidos, ni mi alma más agradecida por tan fantástico regalo, que en una hermosa mañana de primavera, me encontré sin esperarlo.

Gracias, Ángel y Carmen, por abrirme las puertas de su casa y por dejarme hacer este reportaje fotográfico para la Revista Literaria El Común de la Mancha.

 

Clara Ortega

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