EL CAZADOR

Sus dedos estaban entumecidos bajo las manoplas, las cuales le estaban algo grandes, sus orejas, en cambio, estaban calientes, resguardadas bajo el gorro de cazador, esta prenda no podía ser más apropiada, iba a cazar por primera vez con su padre y toda su indumentaria era perfecta.

Se miró al espejo tan solo una vez, parecía el personaje de El guardián entre el centeno, hacia semanas que había leído ese libro, ese había sumergido en sus páginas, en su tosco lenguaje, todavía era joven para ese tipo de literatura, con solo diez años, cogido de la biblioteca, sus padres ni siquiera se habían enterado de que esa obra había entrado en casa, aunque hubiera metido un arma en ella, tampoco se hubieran dado cuenta.

De haberlo hecho su padre habría hecho algo que casi nunca hacía, abrazarlo.

El frío era sepulcral, su padre dejó la escopeta, metida en su funda, en la parte trasera de la pickup que otro cazador había traído, con él iban tres hombres más, iguales de rudos que él, iguales de fuertes, una fuerza que él deseaba, le resultaba irónico, pero deseaba ser como su padre a pesar del trato que recibía de él.

–¿Va a venir el niño?—preguntó uno de los cazadores.

Se preguntó si no era ya obvio, al verlo allí.

–Si—dijo su padre—Ya es hora de que aprenda algo.

Le hizo un gesto para que subiera al coche y se acomodó entre su padre y otro cazador, se tocó el labio partido, ya no le dolía, miró a su padre, este le ignoraba mirando al frente, olía a after shave y a ropa sucia, él también tenía algunas cicatrices en su cara, de las que jamás hablaba, se preguntó si, como a él, se las había hecho su padre, quizás, también como a él, por haber tirado la jarra de agua la noche anterior, cuando esta se había deslizado de sus manos y él le había dado un manotazo en la boca llamándolo maricón.

El trayecto al coto fue largo, cuando llegaron y bajaron, todos parecía muy animados, el tacto del arma en sus manos aumentaba la sensación de virilidad, de hombría, de haber sido más mayor hubiera entendido que la escopeta no era más que un símbolo fálico, al igual que el estoque del torero o el carísimo coche del cincuentón, o al menos eso es lo que decían algunos psiquiatras de gafas y barba.

Caminaron en silencio hasta que le dolieron los pies, el agua se había metido en sus zapatillas y había mojado sus calcetines y sus dedos.

La primera vez que vio a uno de los cazadores apuntar al aire se tapó los oídos, pero tras una mirada de reproche de su padre no volvió a hacerlo, sabía que él pensaría que asustarse por los disparos era de maricas.

–¡Le di!—exclamó el cazador una de tantas veces que su disparo ejecutó a un animal.

Era un gamo, su cuerpo estaba extendido en el suelo, la sangre había salido de su cuello formando un riachuelo.

–Amador—dijo uno de los hombres—Deja que el muchacho dispare.

Su padre le miro seriamente, pensando si estaba preparado, se tumbaron tras un montículo hacia una explanada delante de unos árboles, guardaron silencio, su padre le dio la escopeta y le mencionó algunas instrucciones para disparar, nada más, él se sintió poderoso con esa cosa entre las manos, incluso querido, le perdonó por el manotazo de la noche anterior.

Los minutos antes del disparo eran como una religión, bien lo sabían los francotiradores que ejercían ese ejercicio en las guerras, nadie parecía siquiera respirar.

Y un ciervo joven apareció en la lejanía.

–Apuntale y dispara—le susurró su padre.

Su corazón se encogió, miró al animal, parado, desprevenido, se preguntó si sabía que iba a morir, si siquiera lo intuía, recordó el pez que había tenido y que había muerto a las pocas semanas. ¿Sabía él que iba a morir?

–Dispara, vamos.

El miedo le cogió de improviso, le paralizó, después comprendió que era cobardía, era un niño cobarde y no podía disparar.

–¡Dispara, coño!

Apretó el gatillo, el disparo casi le dejó sordo, el retroceso estuvo a punto de levantarle del suelo, pero uno de los hombres le sujetaba.

Por supuesto, falló, el ciervo corrió espantado y él se sintió aliviado al verlo libre, feliz, fugitivo de la muerte.

Uno de los cazadores apuntó al animal, se abalanzó contra él.

–¡No!—gritó.

Le empujó con toda la fuerza que pudo, pero no evitó que apretase el gatillo. El ciervo cayó al suelo como un plomo, sus patas temblaron y murió.

–Maldito crío—dijo el cazador—Amador, encárgate de él.

Su padre le agarró del brazo hasta hacerle daño, lo apartó del grupo y le dio una bofetada que retumbó en los árboles, tirándolo al suelo.

–¡Sabía que no tendría que haberte traído!—gritó—Maldito maricón de mierda.

Se tocó la cara, sentía un hormigueo horrible en la mejilla, cargaron las piezas en el pickup y pudo ver el rostro del ciervo, con sus ojos acuosos y su lengua de fuera, convertido en eso en un segundo, estaba vivo y de repente era un cadáver marrón y frío.

El resto del día se mantuvo callado, no volvió a tocar un arma y jamás lo haría.

Durante el trayecto de vuelta a casa hablaron de futbol, el rostro de su padre era un poema de rabia, sabía lo que iba a ocurrir cuando llegasen a casa.

Cuando bajaron de la pickup su padre cogió el ciervo, la cabeza se balanceó en el vacío, sus ojos se habían tornado a un blanco acuoso.

Quiso entrar primero, su madre limpiaba la cocina, su padre llevó al ciervo hacia el sótano de la casa, volvió todavía más enfadado, quizás había estado guardando toda la rabia para ese momento.

–Este crío os ha fastidiado el día—dijo su padre.

Su madre le miró, no dijo nada, sus labores tan solo se centraban en tener el castillo del hogar listo para ellos y llenar sus estómagos.

–Eres un maricón—le llamó su padre–¿Te daba miedo disparar? ¿Te acojonaste?

–Lo siento—dijo él.

Se condenó al decir eso, pero sentía que tenía que soltarlo, como si le quemase dentro.

–¿Lo siento?—preguntó su padre enfurecido.

Volvió a agarrarlo del brazo y tiró de él por el pasillo, casi levantándolo del suelo, los ojos le lloraban de dolor y rabia, pero intuyó a donde le llevaba cuando vio la puerta del sótano, le bajó por las escaleras de piedra y lo lanzó hacia delante, cayó con las palmas de las manos en el suelo, las muñecas le dolieron, su gorra de caza roja se cayó de su cabeza.

Al levantar la mirada vio al ciervo en el suelo, extendido, con la panza hinchada y la lengua seca fuera de su boca entreabierta, como preguntándole por que no había evitado que sesgasen su vida con ese disparo.

El latigazo le cogió desprevenido, arqueó la espalda mientras daba un grito de dolor muy agudo.

–Yo te voy a enseñar—dijo su padre mientras su cinturón retrocedió por encima de su hombro.

Los latigazos se repitieron durante minutos, el solo gritó al principio, después se limitó a llorar gimoteando, cuando la voz de su madre llegó hasta ellos desde arriba paró por fin.

–Ven a cenar, anda—dijo.

Quizás su madre dijo eso para detener la particular pasión que estaba viviendo su hijo, o quizás le daba igual, nunca se había pronunciado sobre el tema.

–Tu te quedas aquí—dijo su padre mientras volvía a ponerse el cinturón—Te quedas sin cenar y vas a dormir aquí, así aprenderás.

Subió y cerró la puerta, escuchó como giraba la llave, una conversación donde la voz masculina gritaba más que la femenina, y nada más.

Recogió su gorra y se tumbó en posición fetal, la noche fue fría y durante toda ella no pudo dejar de observar el ciervo, que continuaba con ese rostro desencajado.

Su madre bajó en medio de la noche, le dio una manta y un plato de pasta fría, subió sin tocarle, tuvo la suerte de que su marido no se enterase de ese gesto de misericordia.

Él tiró de la manta para arroparse, pero no tocó la comida.

En un momento de la noche pensó que era muy parecido a Holden Caulfiel, deseaba escaparse como había hecho él, caminar por la nocturna noche, por lo más bajo de la ciudad, sentía que ya nada podía hacerle más daño, ni asustarle, al igual que Holden él era en cierto modo un guardián, el guardián de ese ciervo muerto al cual se había negado matar, estuvo guardándolo toda la noche como quien guardase un cuerpo presente en un tanatorio, oscuro al principio y después dorado por el sol del amanecer, cuando este entró por la pequeña ventana del sótano.

Se prometió que un día dejaría atrás esa casa y el cuerpo muerto del ciervo, pero hasta entonces debía aguantar lo que viniera.

Su madre bajó a por él, cuando subió su padre estaba sentado a la mesa de la cocina, bebiendo su café, ni siquiera levantó la vista del  diario ABC para mirarle, desayunó en silencio y después su madre le ordenó que se duchase, se quitó la ropa del día anterior, todavía tenía las marcas en la espalda, pero ninguna había sido tan profunda para sangrar.

Una hora después vinieron de la carnicería para llevarse al ciervo, se despidió de él desde la ventana de su habitación, después se marchó al colegio y empezó otro lunes más, otras semana más y otro mes más.

Nunca volvió a cazar con su padre, el hombre no volvió a compartir nada con él, tampoco se habló del tema.

Cuando, mucho tiempo después, echaba la vista atrás, se daba cuenta de que no sentía arrepentimiento, tampoco odio por su padre.  Y que la situación no hubiera podido transcurrir de otra forma, no sabía ni sabrá nunca como hubiera cambiado su vida si hubiera matado a ese ciervo, solo sabía que de volver a ese día mil veces, mil veces no lo hubiera hecho, un niño no puede dispararle a nada.

Había sido el guardián del ciervo, seguramente también su psicopompo en aquel sótano, eso era él, un guardián, no un cazador.

 

 

Miguel Ángel Sánchez de la Guía

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