El pájaro (relato premiado)

Yo era feliz solo a ratos. Ratos cortos y apurados y cada vez más escasos. Era una felicidad asustada, temblorosa y amenazada, como si siempre se fuera a acabar súbitamente o como si yo no fuera digna de ella. Lo que la endulzaba siempre era la ternura de mi abuela, el sonido del canto alegre de su pajarillo Sancho y los libros. Cada día corría a la biblioteca del pueblo. El mundo tras las paredes del edificio desaparecía, se detenía el tiempo y la vida real se extinguía para dar paso a otra, encerrada entre los sueños de las páginas de aquellos libros que yo devoraba con el ansia de quien huye de sí misma. Me introducía entre las líneas impresas, despertando a los personajes, viviendo mi vida a través de la de ellos.

─ ¡Hija te vas a volver tonta de tanto leer!

─ ¡Abuela! ¿Cómo se puede volver una tonta leyendo? Explícamelo porque no lo entiendo…

─ ¡Pues no viviendo Elena, no viviendo! Porque tú no vives, no. Tú solo lees. Y la vida no hay que leerla. A la vida hay que cogerla por los cuernos, ¡como si fuera un toro!

Lo decía ella que apenas sabía leer, que lo que sabía lo había aprendido a base de instinto y palos. Ella que era la persona con más matices que yo pude haber conocido. Una mujer que no había ido al colegio, pero había sabido economizar de mil maneras imposibles cada mes el sueldo mísero de su marido. Que  había crecido en un orfanato, pero había criado a sus hijos repartiendo y derrochando un amor incalculable. Nunca tuvo tiempo de darle forma a sus sueños, jamás supo lo que era uno. Sin embargo sabía emocionarse cuando perdía la mirada a través del paisaje de un cuadro. O cuando oía cantar a su pajarillo. Debía reconocer que en algo tenía razón. Y era que la vida me daba pereza. Más bien las relaciones personales me costaban un tremendo e insólito esfuerzo. Tanto, que prefería relacionarme con los personajes de mis libros. Apenas tenía amigos. Tan solo una chiquilla, Marta, me acompañaba en el calvario que, para mí, suponía el colegio. Ella me defendía, me apoyaba y suavizaba las risas y la mofa de los demás compañeros.

─ Prepara tu equipaje. Nos mudamos a la ciudad.

─ ¿El fin de semana? ─ pregunté. Vi la determinación en sus ojos y supe que sería un viaje largo.

─ Abuela, seré “la nueva” en el próximo colegio al que vaya. Todo será igual o peor.

─ Escúchame, peor es imposible. Posibilidades de hacer amigos hay muchas. Pero a mí me quedan pocos hijos y uno de ellos es tu tío Miguel. Está empeñado en morirse y yo me voy a ir a quitarle esa idea de la cabeza. Y de paso tú pondrás tierra de por medio.

El viaje nos envolvió en horas de aventura y polvo. Cargado el viejo taxi con torres  de maletas en las que transportábamos mis libros y nuestra existencia, apenas alcanzábamos los ochenta kilómetros hora. El pajarillo iba silencioso en su jaula. Debía de ir apreciando que su casa y espacio no habían cambiado con el paisaje, pero se sentía extraño al moverse sin extender las alas. Algo parecido a lo que yo sentía cuando leía y viajaba a otros mundos sin moverme del sofá.

─ A este paso el tío se muere antes de que lleguemos ─. La abuela sonrió y su sonrisa fue el mejor recuerdo de aquel día.

La cara de mi tío Miguel estaba blanca y triste. Su enfermedad lo aletargaba y le quitaban las ganas de vivir lo que le quedaba de vida. Su habitación era una cama en medio del caos de las cajas de medicina, de ropa sin guardar y de sueños rotos tirados por el suelo.

─ Sancho se queda a hacerte compañía de día y de noche tío Miguel ─, le dije. Y sin dudarlo coloqué la jaula en la pared.

El pájaro no era nada especial, sus plumas no eran grandes ni de colores vivos. Sancho era chiquitín, con casi más pico que cuerpo y de color gris. Pero por las mañanas despertaba al tío con su cantarina melodía y le hacía reír cuando, de repente, con el ruido de sus aleteos, lo sobresaltaba. Cada día se obligaba a salir de la cama expresamente para echarle pienso en su cajita y para acariciarlo suavemente a través de los barrotes de la jaula. El animalillo se había hecho a él y el tío se había hecho al animalillo. Sancho domesticó al tío Miguel, lo endulzó y juntos se entendieron.

La abuela sonreía al verlos, dichosa, corroborando lo que ella siempre nos había dicho: que la felicidad se encontraba en los lugares más insospechados.

A veces en un libro, a veces en un paisaje, a veces en un pájaro…

 

Elisa Sánchez Coronado

2° Premio en  XXI Certamen Literario de Villamayor de Santiago

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