A la vuelta de la esquina

Mi papá siempre decía que no había que pensar en un futuro muy lejano porque los mejores momentos de la vida están a la vuelta de la esquina.

A lo mejor por eso un día lo vi doblar una esquina y desde entonces nunca más he sabido de él.

Ahora, cada vez que doblo una esquina, pienso con ilusión en lo que me voy a encontrar y las sorpresas son increíbles.

Un día, al doblar una esquina, vi un señor con una cabra que hacía cosas maravillosas al son de la música, pero la gente pasaba sin mirar. Hasta mamá me dijo que no los mirase. Yo los miré, no lo pude evitar. Está feo desobedecer pero en la ciudad no se ven animales así.

Otro día, al doblar una esquina, me encontré con una señora rubia que cantaba en otro idioma sin que nadie se parase a oírla. Mamá me dijo que no la escuchara, y yo la escuché. No lo pude evitar, sus extrañas palabras sonaban como a encantamientos de hadas.

El otro día, al doblar otra esquina, había un señor oscuro y muy alto que vendía máscaras de madera encantadas. Bueno, yo creo que estaban encantadas porque mamá me dijo que no las tocase. Está feo desobedecer pero cuando las toqué el señor puso su dedo índice en los labios.

A la vuelta de otra esquina, una anciana con el pelo blanco como la nieve le ofreció a mamá “Un ramito de margaritas por caridad”. Yo no sabía quién era Caridad y mamá tampoco la debía de conocer porque no lo quiso ni oler. No lo pude evitar, las margaritas olían tan bien… que cogí una por si encontraba a Caridad.

Y en el patio del recreo, a la vuelta de una esquina, a lo lejos vi a una niña muy triste. Mi mamá siempre dice que no hay que hablar con extraños sin embargo me acerqué a ella.  Está feo desobedecer pero quería saber si era Caridad y ¡qué casualidad! sí era ella.

Caridad me dijo que estaba triste porque sólo tenía un trozo de pan para comer. Entonces, pensé que yo mañana podría comer otro bocadillo de salchichón y pasado mañana y el fin de semana, así que se lo cambié por el trozo de pan. Sé que mamá no se enfadaría si se enterase. El trozo de pan no sabía muy bien, estaba duro, pero me imaginé que era un castor royendo un palo.

Es impresionante la de personas que puedes conocer al doblar una esquina, aunque todavía no he visto a quien busco, porque lo que realmente me haría ilusión sería encontrar a mi papá.

 

Ana Barrajón

 

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