El haitiano

La niña rubia apunta el dedo índice hacia Sony Odelus, sentada en un carrito del Líder. Una mujer canosa baja el dedo de la niña, lanza una mirada subrepticia a Odelus y agarra el manillar del carrito, cambiándose a otro pasillo. Sony no da importancia a lo sucedido, toma un cuaderno rojo de la parte alta de una estantería y lo mete en una canasta plástica, llena de mercancías. Mientras suena una canción pop en los altavoces ambientales, camina hasta situarse en la fila de una caja. Atrás de él, dos muchachas lo observan de reojo, cuchichean y ríen. En la cinta magnética deposita los efectos, paga con billetes arrugados a una flacucha y sale a la Alameda con dos bolsas de plástico.

Afuera del supermercado, Odelus percibe el frío vespertino y abrocha los botones de su parka naranja hasta el cuello. En la acera, con las bolsas en la mano derecha, ojea a las personas que pasan a su lado: un hombre corpulento balbucea en voz alta con el celular pegado a la oreja izquierda y un grupo de colombianos, con la camiseta de su selección nacional, hablan sobre las mujeres de Santiago. Odelus llega a un atestado paradero de techo verde, en una esquina de la Alameda. Las motos, camiones y autos se precipitaban por la avenida, hasta que una micro articulada se detiene frente a él. Sony extrae la tarjeta bip! del bolsillo trasero de su jeans desteñido, ingresa al transporte colmado de personas y se aferra a un pasamanos.

En veinte minutos, Sony arriba a la villa Parinacota de Quilicura y baja en un pasaje circundado por un block de departamentos. En la otra acera descubre a Dalia, una dominicana recién llegada al barrio, vestida con un pantalón estrecho que ciñe su trasero voluptuoso. Detrás de ella, un montón de adolescentes rollizos con gorras Rip Curl, zapatillas Nike y camisetas de Colo-Colo ríen a carcajadas. En el pavimento que rodea al block, Odelus topa con el peruano Jair y la boliviana Zaida, una pareja del barrio que discute las malas notas colegiales de su hijo Erwin.

Odelus sube la escalera metálica del edificio inconfundible por los tendederos repletos de poleras sin mangas, calcetines con agujeros y pantalones rasgados. Frente a una puerta carcomida por las termitas, Odelus saca una llave del bolsillo izquierdo de su parka, abre la cerradura, huele el aire enrarecido del interior y deja las bolsas sobre la mesa extensible de la cocina. Esquiva una radio portátil y un netbook Toshiba, tirados en el suelo vinílico, para abrir la única ventana del comedor.

Regresa a la cocina, prepara macarrones con salsa boloñesa, ensalada de pepinos y de postre, un flan acaramelado. Más tarde, se echa a la cama de su dormitorio angosto con el cuaderno rojo, observa el poster de Racing Club Haïtien –equipo de fútbol con indumentaria amarilla–, pegado en la pared enladrillada y toma del velador la novela Le Mât de cocagne de Depestré, que lee desde las páginas intermedias. En la noche, Sony concluye el libro de Depestré, abre el cuaderno y empieza a escribir cuentos breves y poesía sentimental con un lápiz pasta de color añil.

A la mañana siguiente, Sony barre las hojas caídas y recoge botellas plásticas en la explanada norte de la Plaza de Armas. Al concluir su tarea, descubre que un niño atezado y de orejas grandes roba la cartera a una mujer colorina. El pequeño echa a correr y Sony lo persigue hasta alcanzarlo en las proximidades de la estatua del apóstol Santiago; agarrado de un brazo, el niño orejudo devuelve el utensilio a Odelus y se esfuma entre la multitud capitalina. Sony entrega la cartera, fijándose en las piernas rozagantes de la mujer, poco cubiertas por un gabán de piel. Ella le agradece con un escueto “gracias”. En su departamento, Odelus escribe sonetos y odas sobre la mujer colorina.

Una tarde, después quitar los chicles de las bancas de madera y recoger latas de refrescos, Sony entra a una librería próxima a la Plaza de Armas y compra la novela Otro país de James Baldwin. De regreso en el departamento, lee la obra de Baldwin, prende el netbook Toshiba y navega en la página cultural de El Mercurio. En el encabezado, aparece la imagen de un individuo de treinta años, con gafas y un cigarrillo prendido entre sus dedos. “Alejo Cáceres: la nueva promesa literaria”, reza el título. Más abajo, Odelus halla información sobre el Premio Municipal de Literatura, al que sólo le queda un mes para el plazo de entrega. En un rato, escribe veinte páginas en el cuaderno rojo.

En tres semanas, Odelus avanza y corrige a buen ritmo la novela, termina de leer a Baldwin, frecuenta más librerías y busca obras de Alejo Cáceres, pero no encuentra nada del escritor. En revistas literarias de internet, se informa del panorama literario local. Encuentra autores homosexuales, travestis, drogadictos, outsiders, nihilistas, derechistas y comunistas.

En un sábado –día en el que Sony tiene la jornada libre–, concluye su novela titulándola Los años contados. Horas después, Odelus emerge del departamento y toma un colectivo desocupado que transita con lentitud por el pasaje. En un cibercafé del centro de Quilicura, imprime su trabajo. Luego se dirige a un Chilexpress y envía su novela, metiéndola en un sobre tamaño oficio, a la dirección postal de la Municipalidad de Santiago.

Tres meses después se entera, a través de su netbook, que su novela Los años contados ha ganado el primer lugar y dos millones de pesos. Logra imponerse a cientos de trabajos, incluso a Curso de Vida, trabajo de Alejo Cáceres que obtiene el segundo puesto. Sony corre por su cuarto, sale del departamento, baja por la escalera y emite un grito gutural en el pasaje. La única respuesta que recibe es el ladrido de un perro callejero. De vuelta en la habitación, prende su teléfono celular y envía mensajes de texto a Wilner y Nérilia, sus padres que viven en Cité Soleil, un barrio de Puerto Príncipe.

La premiación se realiza en el Barrio Esmeralda durante una noche fresca. Odelus acude con su mejor ropa: camisa azul a rayas, chaleco gris sin mangas y pantalones jaspeados. Sentado en una silla de plástico de las primeras filas, Odelus advierte que el resto de los galardonados –cinco hombres, entre ellos Cáceres– charlan cerca de él, y no lo toman en cuenta. Pronto acaecen en el escenario los bailes folclóricos, el discurso de la alcaldesa, los aplausos atronadores y la subida de los premiados a la tarima de madera. En la entrega de diplomas, Sony observa que Alejo Cáceres baja rápido de la tarima para ser entrevistado por un periodista de barba hirsuta.

En la madrugada, Odelus escucha el sonido de notificación del teléfono. Es un SMS de su padre, escrito en creole: su madre Nérilia ha muerto de un paro cardiaco fulminante. La enterraron hace unos días, en el Cementerio General de Puerto Príncipe. Odelus se dirige al descansillo de la escalera, respira el aire tóxico de Quilicura y durante un rato, observa la luna menguante y cinco estrellas parpadeantes. Regresa al departamento, apaga las luces del dormitorio y se acuesta en la cama, mientras las lágrimas caen por sus mejillas.

En dos días, Sony abandona el trabajo, gasta buena parte del dinero obtenido en el concurso y compra un pasaje de avión, rumbo a Haití. Después de quince horas de viaje, llega a Puerto Príncipe en un mediodía caluroso. En la entrada del aeropuerto haitiano, es chequeado por militares estadounidenses, chilenos y argentinos. En las afueras del terminal, Odelus sortea a los vendedores de hierbas medicinales y sube a un taxi setentero, manejado por un viejo de ojos bizcos.

En su trayecto por las avenidas saturadas de vehículos destartalados, Sony repara en los millares de hombres descalzos, macilentos y esqueléticos vestidos con ropas desteñidas; puestos de fruta instalados sobre las aceras; hoteles agrietados y carpas blancas de la Cruz Roja situadas en canchas enlodadas de fútbol. Odelus le indica al chofer que se detenga en una calle terrosa y embarrada, bordeada por viviendas construidas con paneles de zinc y ladrillos de arena. Al bajar, se percata de que tres niños juegan en la vía con una pelota de trapo, canicas y figuras de acción pirateadas. Odelus se aproxima a una casa de fachada celeste, techo plano y portón de metal oxidado.

En la puerta de entrada se encuentra Wilner, su padre. El hombre luce una polera blanca, arrugada y encogida. Padre e hijo se dan un abrazo efímero, sin sonrisas. Wilner lo invita a entrar en la casa. En el comedor, oscuro y húmedo, un televisor LED instalado sobre un mueble barnizado transmite un noticiero. Una foto enmarcada de Wilner y Nérilia, jóvenes y recién casados, cuelga en las paredes resquebrajadas del salón.

En seguida, almuerzan arroz con garbanzos en una mesa de pino rústica. Conversan de Chile, los últimos sismos en Puerto Príncipe y la suerte de la parentela en México, Guatemala, Brasil, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Al rato, ambos quedan sin palabras.

En una hora, Wilner y Sony marchan al Cementerio General, a media hora del hogar. Ambos recorren calles serpenteantes, edificios agujereados por impactos de bala y chozas construidas con hojas de palmera. En el camposanto, sortean los papeles ajados del suelo y a los vagabundos echados sobre los sepulcros demolidos. Louis indica la inscripción de una lápida y Sony la lee, persignándose: Nérilia Odelus 1960 – 2015.

—Tu madre te echaba de menos —murmura Wilner, pero enmudece al ver que Odelus solloza frente a la lápida, tapándose el rostro con las manos.

Gustavo Leyton

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