Confesión al padre

Las farolas pasaban a gran velocidad, también los árboles. No camina nadie por la calle. Piso más fuerte el acelerador y siento como si algo me desplazara con fuerza hacia atrás, empujándome contra el asiento. Es la velocidad…el poder de la velocidad… Lo que es una calle tranquila pasa a ser ahora un circuito para mí solo, pero… ¿qué es eso que tengo delante de mi coche, a un par de metros…? ¡No…!

-Sergio, borra ya ese recuerdo de tu mente, por favor. – Me digo a mí mismo preocupado.

Ahora, dejando atrás ese flashback que he sufrido y que se corresponde a un par de días atrás, voy camino de mi casa en uno de los autobuses de la línea noctámbula. Es noche de partido y pasamos cerca del campo de fútbol de la ciudad. El estadio está a rebosar y el ruido de los bombos y gritos del público asistente al partido es atronador. Apenas se escucha la radio que tiene el conductor en el salpicadero.

No viaja mucha gente en el autobús. Tan solo un joven chaval de aproximadamente veinticinco años, un pequeño grupo de adolescentes y un invidente de media edad viajamos en el vehículo. Lástima de tener el coche en el taller… ¡Odio viajar en autobús! Aunque utilizar transporte urbano por la noche también puede llegar a tener su morbo…

-¡Gol…! – Grita el conductor.

Yo le sigo y también celebro el gol.

-¿Quién ha marcado? No he podido escucharlo bien… – Pregunto muy interesado al conductor.

-Ha sido de “El Huracán Méndez”. – Responde ante mi cuestión.

-Qué crack… Ya veré la jugada repetida si la ponen en televisión.

Continuamos charlando varios minutos sobre fútbol e incluso llegamos a cantar más de un “¡uy!”.

El conductor detiene el autobús y yo me bajo en la parada. Me despido de él con una enorme sonrisa. Han sido diez minutos maravillosos los que he compartido con este hombre…

-Bueno chaval… ¡A ganar eh…! – Exclama el conductor dándome ánimos para que nuestro equipo ganara el partido.

-Eso es… ¡Vamos! – Prosigo.

La puerta del autobús se cierra provocando ese sonido tan característico similar al de una botella de refresco cuando se abre y expulsa el gas. Ya en la calle, yo sólo, siento una bofetada de frío que me hace abrocharme de nuevo la cazadora. No hay nadie. Sólo se ven los puntos anaranjados de las farolas que a medida que se va prolongando la vía, estos van siendo cada vez más pequeños. Sale vaho de mi boca al espirar. Se empañan los cristales de mis gafas.

He quedado con Manuel Enríquez, un viejo conocido de la facultad. Habíamos acordado reunirnos en una cafetería que hay ubicada en una de las principales calles de la ciudad.

-¡Hombre… Sergio…! ¿Cómo estás? – Pregunta Manuel.

-Bien… ahí vamos… – Respondo.

-¿Sigues con tu clínica? – Pregunta de nuevo Manuel.

-Sí, funciona bastante bien. Lo que más hago son empastes y poner aparatos pero bueno…es lo que hay ahora…

-Jaja… Sí… Yo sigo con mis clases en la facultad. Es un trabajo sacrificado, aunque no lo parezca…

Tomamos asiento en una de las mesas de madera y pedimos un café de máquina cada uno. En la televisión están ofreciendo el partido y permanezco embobado un buen rato con las imágenes, hasta que Manuel realiza un chasquido de dedos que me desconcentra.

-Vayamos a lo nuestro… ¿Para qué me querías ver?

-Pues mira, Manuel… Tengo entendido que se va a celebrar una feria de diseño gráfico dentro de poco y por lo visto, tienes muchos contactos… ¿Tal vez podrías conseguirme un hueco para llevar un stand de mi negocio?

-Por supuesto… Yo formo parte de la organización, y haré todo lo posible para que tu empresa esté allí representada. Te iré avisando a lo largo de este mes…

Continuamos charlando de lo nuestro, del oficio que nos da de comer a los dos mientras nos sirven un chupito de orujo a cada uno. Tanto Manuel como yo nos lo tomamos de un sorbo.

Para cuando pagamos yo me marcho de la cafetería dirección a una pequeña iglesia del barrio donde resido. Allí vive el cura, en el propio templo. Llamo a la puerta con sumo cuidado, para no levantar sospechas. Estoy muy nervioso y siento una angustia muy grande. El recuerdo que me atormentaba mientras viajaba en el búho me sigue pesando.

-¿Qué quieres, Sergio… estaba durmiendo…? – Me pregunta el padre Antonio mientras bostezaba.

-Tengo algo dentro que no puedo seguir ocultando. Necesito confesarme ya. – Respondo.

-Pero hijo, ven mañana por la mañana y te atenderé sin ningún problema. Aguanta esta noche como puedas.

-No, padre, ya no puedo seguir con esto dentro. Por favor, ayúdeme… – Digo entre lágrimas y mordiéndome las uñas.

El padre Antonio acepta resignado y me recibe en el interior de la iglesia. Todo es oscuridad, tan solo rota por una tenue luz que proviene de varios rosetones de poco tamaño. El silencio aumenta mi estado de tensión a unos límites inconcebibles. Parece que el corazón me fuera a estallar. El cura me invita a arrodillarme. Nota mi nerviosismo.

-Ave María purísima.- Digo sin detener un tic que tengo en el ojo izquierdo, fruto de los nervios.

-Sin pecado concebida. Cuéntame, Sergio, ¿qué sucede…? – Pregunta el padre Antonio, bostezando de nuevo.

-Hace dos días cogí mi coche y la verdad es que iba un poco bebido…

El cura se asombra y hace un gesto de reprobación que me inquieta aún más.

-Circulaba a ochenta kilómetros por hora por un tramo de cincuenta y con la música bastante alta.

El padre Antonio se vuelve a sorprender, pero aún más que antes.

Una chica joven, de en torno a los veinte años de edad, rubia y de pelo muy largo y ondulado… Vestía unos pantalones vaqueros color azul celeste un tanto desgastados y cortos por debajo. La camisa era blanca y portaba además una rebeca beige y un foulard…

¿Qué sucede con esa chica, Sergio…? ¡Dime! – Me interrumpe muy alterado el cura.

-La atropellé… – Respondí rompiendo de nuevo a llorar a lágrima viva.

-Bien recuerdas todos los detalles de cómo era aquella chica estando borracho y circulando tan rápido por la calle… – Insinúa irónicamente el padre Antonio.

-¿Qué dice, padre…?

-Digo… ¡que esa chica es mi prima! Ayer fue enterrada porque un loco la atropelló en una calle de la ciudad y vestía esa misma ropa. Eres el hombre más buscado del barrio y tú estás paseando tan tranquilo por aquí…no lo entiendo…

-Bueno…eso de tranquilo no es correcto, padre… Bastante remordimiento de conciencia tengo ya con lo sucedido.

-¿Y por qué no lo confesaste…?

– Estaré sufriendo mucho pero no soy tonto… No quiero ir al talego.

-¡Pues vas a ir…vas a ir, asesino…!

Entonces el mundo se cayó encima de mí. Me dirijo a vosotros en pasado porque escribo desde mi celda. Tras haber dicho delante del padre Antonio que a su hermana la maté yo con el coche mientras conducía bajo los efectos del alcohol, mi vida dio un cambio radical. Pronto supe que la chica a la que quité la vida era la hermana de Manuel, el hombre con el que me reuní en aquella cafetería la noche que, sin querer, confesé los hechos. Por tanto, el padre Antonio y Manuel son primos…y yo no lo sabía… Pero lo que más me mosquea de todo esto es que el cura no supo guardar el secreto de confesión. Claro que…siendo su prima…en aquel momento no le importaría y chivó mi pecado…

Obviamente ahora he perdido mi relación con Manuel, aunque tampoco era muy estrecha porque nos veíamos poco. Y ahora el padre Antonio aparece en varias ocasiones en la emisora de radio y televisión local para denunciar que debo cumplir una condena bastante larga, algo con lo que pague la ausencia de Yanira, su prima, y con lo que mitigar el enorme sufrimiento que están atravesando. Todo lo que dice lo considero excesivo. Lo entiendo…sí, porque he matado a una persona muy querida por ellos, pero es mucho lo que exigen.

Con esto quiero abrir un debate que muchas veces es tema de conversación con mi compañero de celda… ¿El ingreso en prisión es un castigo para pagar por la pérdida de alguien como lo que pide el cura chivato o es un proceso por el cual se pretende hacer que los recursos se pacifiquen y pasen a ser buenas personas? Tal vez sea una mezcla de ambas teorías, conformando una sola. La respuesta no la tengo yo, sino las personas que están sentadas en las cortes y en los altos tribunales.

Yo de aquí ya no saldré en mucho tiempo. Por cinco minutos de placer por sentir la velocidad dentro de mí ahora me veo condenado a pasar más de veinte años sin pisar la calle. Amigos míos… Pensad muy bien lo que hacéis, actuad con cabeza, con responsabilidad… y antes de tomar una decisión, pensad qué consecuencias pueden traer en el futuro…

 

Francisco Javier Gallego Villacañas

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