Jugando a ser humano

Una vez muerto, mi madre prefirió guardarme en el cobertizo envuelto en paños embebidos en alcohol de hierbas para conservar mi cuerpo, recordar así la desgracia de mi familia y agradecer mi suerte por haber escapado de esta extraña vida.

Mi origen fue peor que mi horrible destino.

—No va a ser fácil —pensé, desde que intentaron exiliarme del vientre materno, pero los designios escritos en el libro de la vida, lo impidieron.

Mis manos ya tenían dibujadas las rayas que pronosticaban mi supervivencia, eran una descripción de mi cerebro, y yo, era consciente de mi pensamiento, mi memoria y mi imaginación.

Dicen que nací de la deshonra de mi madre por un misterioso animal mitológico, que según las voces populares era germen del demonio, eso quiso creer mi incestuoso abuelo para lavar su alma cuando me abandonó en las puertas de aquel aislado convento de misioneras perdido en la selva tropical, y cuando regresó a su choza se abanicó con la vieja Biblia para atraer a la buena suerte.

—Parece un niño —exclamaron al verme. Apenas podían reconocer la criatura que encontraron, y me criaron apartado. Me llamaron Hefesto, porque les recordaba a aquel dios griego repudiado al nacer por su fealdad. Las religiosas me ampararon por su piadosa fe y me acogieron hasta aquel pequeño incidente con la novicia que yo nunca comprendí.

Después de orfanatos, auspicios y asilos, llegué hasta aquí, un antiguo convento dominico de gruesos muros ahora convertido en centro de reclusión de personas con discapacidad.

Me recluyeron en este sanatorio apartado de eso que ellos llaman civilización y rodeado de vegetación tropical, manglares, suelo rojizo blando y con interminables lluvias estacionales. Todos los días eran iguales.

Los poblados cercanos estaban envueltos de una mezcla de tradiciones cristiana, indígena, africana y en un amasijo de las tres supersticiones y de sus fetichismos.

Yo, por mi aspecto, era considerado como la encarnación del diablo, por eso no salía de mi celda y me servían la comida a través de aquel portillo que era mi único punto de relación con esa desconocida vida exterior. Tenía miedo a las sombras. Sólo conocía lo que avistaba por aquel pequeño ventanuco, aunque mi razonamiento percibía mucho más de lo que alcanzaba mi vista.

Aquel húmedo día de la estación de las lluvias apareció ella.  Juana, siempre descalza, con su camisón blanco y su pelo despeinado paseaba por el largo pasillo agarrando con miedo su muñeca raída de trapo y se acercaba a mi puerta.

—¿Cómo estás hoy? —me preguntó entonces con miedo contenido.

Siguió acercándose a mi celda. Yo nunca respondía, pero a ella le bastaba mi mirada para sentirse mejor. Me traía a escondidas migajas de pan. Otras, veces pequeñas fotos de paisajes que arrancaba de las amarillentas y arrugadas páginas de revistas infantiles que dejaban en la sala de lectura. Recortaba imágenes de antiguos calendarios para traérmelas hasta mi celda.

—Algún día viajaremos aquí —me decía Juana, aunque adivinaba que eso era imposible.

A veces ella se sentaba al lado de mi puerta y me leía cuentos que yo no entendía, pero yo agradecía el suave susurro de su voz a veces quebrada por la medicación.

—Hoy saldré al patio, podré mirar el cielo y los pájaros —inspiró Juana para tomar fuerza—. ¡Recuerdo tanto los momentos de mi niñez!, cuando iba al parque, cuando aprendí a montar en bicicleta, cuando trotaba y el viento fresco resbalaba sobre mi cara. Pero aquellos momentos han pasado —me decía tristemente—. Ahora, mi madre no está para protegerme. Ella siempre me amparó de todos los peligros, pero… aquel desgraciado día, ella ya no se encontraba entre nosotros, y el malvado espíritu de la venganza aprovechó el momento para saciarse conmigo, y desde entonces sigo aquí. Temo los peligros que están ahí afuera. ¿Lo entiendes?, yo, no quiero salir de aquí.

A través de la puerta, presentí como una lágrima se deslizaba por su cara, y sentí la necesidad de abrazarla.

Ella seguía viniendo a la jamba de mi puerta a susurrarme sonidos hermosos que yo no sabía interpretar.

—Verás, hoy será mucho mejor. Es domingo, y tenemos comida especial: pescado frito, harina de yuca y postre de plátano —me decía alegremente.

Yo, no diferenciaba las comidas porque no había aprendido a valorar los sabores, tan solo las tomaba porque las dejaban allí.

—Mira me han dado un camisón nuevo. ¿A qué estoy guapa? —me preguntaba Juana.

Ella siempre encontraba algún motivo para reconfortarme, pero no encontraba su consuelo.

—Hoy me siento un poco mal. Siempre me ocurre lo mismo cuando me cambian las malditas pastillas  —se lamentaba Juana en otros momentos frotando las frías palmas de sus manos sobre su rostro, como si no se conociese.

Aquel día de primavera Juana llegó más contenta.

—¿Quieres que te cante una canción? Hoy he aprendido una nueva.

Yo esperaba ansioso el momento de su visita.

En ocasiones, ella me dedicaba palabras con un ritmo extraño que yo, no entendía, pero admiraba por el armonioso tono de su voz, y ella me preguntaba

          —¿Te gusta mi poesía? La he escrito para ti —intentaba adivinar ella.

Yo nunca respondía, pero esperaba con impaciencia otra nueva visita.

Aquella mañana fue más triste, apareció con el pelo cortado, y no quiso hablar. Tenerla al otro lado de la puerta me alentaba, aunque yo no podía consolarla. Saqué mi índice por el portillo, ella vacilante introdujo su meñique, sentí la oscilante yema de su dedo que se ahormó a mi forma, mi vello se erizó, una energía recorrió mi cuerpo de norte a sur y sentí el reburujar de mis hormonas que se ensanchaban, y en ese caluroso y húmedo atardecer, sentí cómo la vida se paseaba por mi interior.

El sudor se deslizaba por mi frente aquella mañana. Después de una noche de pesadillas en las que veía figuras extrañas, mi naturaleza me empujó a lo inevitable. El cuidador, engañado por mi instinto animal, temió mi muerte y abrió la puerta.

Sin saber por qué, escapé por aquel angosto y lúgubre pasillo apoyándome en las paredes para salvar mi cojera. A pesar de mi defectuoso cuerpo corrí más que nunca. Me sentí raro, espeso, fuera de mí. Mi impulso no me permitió pensar en Juana y no pude parar.

Intentando adivinar el por qué, me encontré al alba escondido en ese desconocido callejón. Temí algo extraño, oí voces que me decían “no has sido malo, tan solo la estabas acariciando”. Y encontré resto de pelo en mis ensangrentadas uñas. Nunca supe lo que ocurrió. Como en una extraña visión recordaba una joven, desconocida para mí, su cara de horror, los gritos, sus arañazos para defenderse, y mi capacidad para inmovilizarla. Pero no recordé el final. Yo sólo rememoré mi deseo de sentir su suave piel bajo mis manos. Después tuve que escapar de esos pensamientos que se arremolinaban sin indulgencia en mi cabeza.

No sabía adónde, de quién, ni por qué, pero debía escapar. Dormía en los manglares, entre las raíces sobresalientes de los enormes árboles. Durante mi improvisado y angustioso trayecto encontré un viejo saco de arpillera, lo acarreé a mi espalda, lo fui cargando de pequeñas piedras hasta colmarlo, y así lo cargué durante días. Sentí la necesidad de aliviar mi culpabilidad porteando ese peso como penitencia para conseguir mi absolución. Necesitaba conseguir lo más difícil, mi propio perdón, pero aún no sabía por qué.

Desde mi improvisada guarida bajo esos árboles de hojas elípticas con lianas y enredaderas como vestiduras, observé cómo las personas del poblado esquivaban sus miradas, parecían animales enjaulados que dan vueltas para entretener su instinto, no encontrar los odios, celos y las envidias de su raza. Los animales no evitan las miradas y se enfrentan a su destino como un hecho natural. Las personas, al contrario, intentan evadirse de su cadena de fatalidades sin entender que el destino tiene paciencia para esperar.

Cuando percibí la asoladora realidad exterior, decidí volver, como el animal que busca una madriguera segura para morir.

—¡No! Mi sitio está junto a Juana.

Retorné hacia ese lugar perdido, las vainas secas crujían y se amoldaban bajos mis pies desnudos. Deseaba llegar a aquel siniestro corredor que me devolvería a mi sitio, donde Juana me esperaba. Ansiaba el momento de volver a presentirla, de sentir su respiración, de sufrir su llanto a través de la puerta.

Salté la empalizada, repté sobre el maleable lodo rojizo formado por las continuas lluvias para agazaparme de miradas extrañas. Llegué al viejo edificio y entré sin ser avistado. Presentí que algo extraño pasaba porque los enfermos no deambulaban hipnóticos por los pasillos y todas las puertas de las celdas estaban cerradas. Desde el final del siniestro corredor avisté como Juana era arrastrada por los pies y me lancé en su ayuda.

Adiviné que la pelea sería brutal, pero Juana era mi motivo.

Juana me vio e intentó levantarse. Recibió una patada en su cabeza. No lo soporté.

Me lancé, me revolví, intenté liberarla. No pude. Me lancé de nuevo agarrando al cuidador y empujándolo al otro extremo del pasillo. Esta vez fue peor. Me lamí la herida, calculé mis fuerzas, escudriñé al contrincante y salté sobre él. Sabía que esta sería mi última lucha, y llegaría hasta el final.

Tras recibir el golpe mortal, ella y yo quedamos tumbados en el pasillo mirando el techo blanco desconchado y los brillos luminiscentes. Nuestros dedos levemente se rozaron, titubearon, nuestras manos suavemente se unieron, mis poros se dilataron y absorbieron la humedad de su cuerpo.

¿Qué no daría yo por sujetar este instante?

Comencé a vivir y abandoné mi forma física porque había sentido su cuerpo. Lo último que mis ojos vieron antes de sellarse fue la cara de Juana.

En la batalla no hubo vencedores. Sé que los perdedores fueron aquellos que quedaron pensando que yo, era el derrotado. Por fin, me liberé de mis ataduras.

Aquel día los árboles perdieron su corteza, cayó el gris de las nubes, se perdió el tacto de la tierra, los arroyos quedaron estáticos, las alas de los pájaros resultaron irremediablemente inmóviles, pero en aquel sanatorio nada cambió.

Nunca más volvió a salir una palabra de la boca de Juana.

Después de muchos años de búsqueda, una visita al chamán ayudó a mi madre a encontrarme. Tras comprobar mi marca de nacimiento en forma de cruz púrpura en mi hombro izquierdo, recogió mi cadáver, pero mi espíritu ya había volado al mundo donde van las almas que quedan tranquilas y en paz, y ella así lo entendió.

Juana volvió todos los días a acurrucarse junto a la astillada y vieja puerta, con sus pies descalzos y sus piernas encogidas en el húmedo suelo de barro cocido. Abrazaba su raída muñeca de trapo. Ella simulaba sonidos con la boca que parecían tarareos, acariciando la seca y agrietada madera, aunque aquella celda jamás se volvió a ocupar.

Gocé de lo que tenía sin pedir nada a cambio, pero el horror de la incomprensión me llevó de vuelta a ese lugar de donde nunca debí salir. Nunca me pregunté por qué, pero sí hasta cuándo. Entendí que los rechazados no tenían hueco en esa vida. El destino pronosticado en las rayas de mi mano al fin se cumplió, volví al sitio que me esperaba.

Juana siempre me preguntó, pero nunca me exigió a cambio una respuesta. La vida es así, unos dan y otros reciben, porque cuando no hay nada que perder, siempre se puede ganar. En ocasiones, la suerte que te acompaña es diferente a la que deseas. El azar que anhelas nunca te envuelve en sus paños calientes, porque tu existencia viaja en un camino paralelo a la ruta soñada.  La tormenta imperfecta de la indignación humana me arrasó sin ninguna indulgencia.

Siempre supe, que jugar a ser humano es peligroso, desafié a la desembocadura de mi vida aunque el destino sabe esperar a que tus huellas se graben en su sendero.

Desde otra dimensión, retazos de mi existencia viajaron por mi mente y me recosté en posición cóncava esperando la próxima llegada de Juana.

 

FIN

 

SEUDÓNIMO: BELÉN DE SANTIAGO.

3º Premio en el  II Certamen de relato corto “Con la C de Cervantes”

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