Héroe

Julio corría deprisa entre la multitud, el destino era lo de menos, simplemente pretendía batir sus tiempos, esos que se marcaba severamente como si de una décima de menos dependiera su supervivencia. Milenios de evolución para volver al punto de partida; huir, quizá de otro tipo de depredadores, pero una huída al fin y al cabo. Julio huía del colesterol,  de las deudas, del estrés y de una ex novia demasiado hispter para salir con un pintor de brocha gorda. Y en su intento de  fuga, cayó en manos de otra subcultura, esta vez no en forma de mujer sino de unas deportivas; el running. Desde entonces comía sano, cambió de amistades, comenzó a nombrar la ropa por capas, y entrenaba dos horas diarias para la maratón de Berlín, New York, Tokio, Londres…cualquier ciudad del mundo en la que pudiera competir en esos algo  más de cuarenta y dos kilómetros y a la que difícilmente  podría ir, pero mientras lo imaginaba se sentía un superhéroe.

Aunque pronto descubrió que de poderes sobrenaturales no tenía nada, la app de su móvil le avisaba de que estaba bajando el ritmo respecto al día anterior, debía dormir más, hasta un pequeño chucho sarnoso lo estaba adelantado. “Hijo de perra” pensó, y no se equivocaba, sin duda lo había parido una.

No obstante, Julio no iba a consentir que otra criatura, de la especie que fuera, lo pasase. Salió corriendo detrás del animal como si le hubiera robado algo, y en cierto modo algo de dignidad sí que le había quitado.

El perro corría velozmente, cogiendo las esquinas a diestra y siniestra cual esquiador de gran slalom, mientras Julio, a cada zancada, ponía más cara de pasmado. Resultaba imposible alcanzarlo, si la historia del hombre se mide en batallas ésta la estaba perdiendo. A punto estuvo de asumir la derrota cuando se cruzó con otro  ejemplar de sabueso, mucho más veterano, que le dio el alto. Un policía local.

El cachorro, enajenado por el triunfo, tardó unos segundos en percatarse de que su perseguidor se había detenido. Continuó corriendo unos metros más hasta que, instintivamente, miró atrás. Al ver a Julio parado se apresuró hacia él.

—Buenos días caballero, disculpe las molestias  pero debo informarle de que la normativa municipal prohíbe llevar perros sin correa.

—Gracias por la información agente pero verá…, el perro no es mío.

—Ya. Entiendo. Sin embargo el perro parece conocerle muy bien, le sigue a donde va.

El perro, a sus pies, babeaba por y para él. Había encontrado un héroe.

—Bueno…ya sabe cómo son los animales…

—Ya veo. ¿Me dice su nombre, por favor? —preguntó el policía sacando un bloc de multas.

—¿Mi nombre?… ¿Para qué?…,si ya le he dicho que el perro no es mío.

—Eso dicen todos, caballero —respondió el policía con voz paciente.

—Mi nombre es  Julio…Julio García.

—Mire señor García, usted no puede salir a hacer deporte con un perro suelto. Es por la seguridad  de todos y del animal. ¿Comprende? —Julio asintió varias veces  con la cabeza—.  Esto es solo una advertencia, ¿de acuerdo?,  la  próxima vez le multaré. Entienda que puede provocar un accidente de tráfico, o  pueden atropellar a su mascota.

Julio se sentía el cliente un millón de la gendarmería, ¡menuda suerte!, y dado que no quería seguir tentándola agarró al cachorro en brazos, prefería que le babease encima a pagar trescientos euros. “Y yo qué hago con éste” meditó. Sin pretenderlo se había convertido en  “su macota”, pero  no necesitaba una mascota. De niño, su padre criaba galgos que nunca acababan bien, en el mejor de los casos desaparecían tras la temporada de caza, eso si no morían antes de moquillo. Su ex tenía a Chéjov, un gato repelente con el que  intercambiaba lacitos y al que quería más que a él, por no hablar de cómo aprendió que no debía bañar  pollitos…No, no deseaba consumir energía en otra actividad que no fuera su trabajo o correr.

Entre tanto, el cachorro se retorcía entre sus brazos como un escapista intentando zafarse de las cuerdas. Julio lo miraba, luego se miraba, ambos se miraban y no entendía nada, las circunstancias le habían convertido en su dueño improvisado y ahora el cachorro parecía tener otro plan. Uno de escape.

La situación iba de mal en peor para Julio, el sudor, las pulsaciones, el meneo del chucho, la temperatura ambiente, el riesgo de multa, los amenazantes dientecitos que le enseñaba el perrito…lo estaban sacando de quicio. De buena gana, se hubiera quitado el problema de encima allí mismo, pero el policía andaba husmeando muy cerca. Así que no le quedó otra que procurar tranquilizarlo. Negoció con él durante un rato; calma a cambio de un hueso o lo que fuera que les gustase a los perros.  No funcionaba. Y justo cuando el lindo perrito iba a propinarle un mordisco, a Julio empezó a subirle un ardor  en las mejillas que le hizo desistir. Acto seguido cambió de estrategia. Las amenazas. Clavó su mirada en el animal como perdonándole la vida y él le correspondió clamando ayuda con ojillos de penitente. Entonces lo vio. Puede que Julio no fuera muy listo, sin embargo comprendió de inmediato que la carrera no había sido una simple partida sino que, en algún lugar, se estaba jugando una mala pasada. Lo soltó con un cuidado casi paternal, como si al tocar el suelo fuera a romperse.

El cachorro había lanzado una llamada de socorro que tan solo escuchó Julio, si bien no por motivos muy nobles, pero estaba respondiendo alto y claro, como mejor sabía hacer. Al  galope. A veces las buenas acciones no requieren de grandes razones, basta con responder. En ese momento, Julio corría a ciegas  detrás de un cachorro convencido de que lo guiaría como un lazarillo hasta el destino deseado.

El pequeño can corría sin mañana, sin miedo, sin apenas alimento…, sin pero con, con esperanza, con la esperanza de lograr arañarle un segundo al sol. Y pese a ello, lo estaba perdiendo. Volvió varias veces sobre sus propios pasos, ansioso, un tanto desorientado en un municipio de calles estrechas y patios amplios que le resultaba extrañamente extraño, casi   laberíntico. Cruzaron la avenida principal dos veces, podrían haberse ahorrado ese recorrido de haber tomado una travesía adyacente que conducía justo al callejón donde  se encontraban en ese momento. Julio lo sabía, el perro no. Tardaron demasiado en llegar, aunque a Julio no le importó, un par de manzanas extras a velocidad crucero no suponían ningún esfuerzo para el máquina de Julio, incluso sintió una tremenda satisfacción al comprobar que era capaz de aguantar el ritmo del cachorro. “Soy el puto amo”. Y lo era, al menos provisionalmente de un perro callejero al que había seguido hasta una casa abandonada. Por contra, para el cachorro, el tiempo sí jugaba una baza crucial, pesaba más que el plomo.

A través de un agujero en la puerta, el cachorro entró en la casa con agilidad de gato siendo perro. Ojalá Julio hubiera tenido las mimas dotes de contorsionista porque el tamaño del agujero las exigía. No obstante, Julio, que hacía de cada reto el último, no había llegado tan lejos para rendirse allí, a las puertas de la meta. Empujó con fuerza el portón que emitió un quejido seco para avisar a la vecina del ataque.

—¡Oiga, oiga! ¡Qué hace usted! Ahí no vive nadie —informó la vecina desde la ventana.

—Tranquila señora, no pasa nada. No estoy haciendo nada malo, de verdad. Créame.

—¡¿No será un okupa de esos?!

Julio miró a la señora, entrada en años y salida de tono,  preguntándose si alguien, alguna vez,  le habría contestado a esa pregunta.

—La otra noche estuvieron unos hasta las mil. ¡Los muy sinvergüenzas! —replicó indignada.

—No señora, no vengo a perturbar su paz ni a delinquir. Estoy buscando un perro abandonado.

—¿Está tonto o qué? ¿No tiene otra cosa mejor qué hacer? Qué se preocupe de él quien lo abandonó. Los perros callejeros son un foco de infecciones. ¡Traen la rabia! —gritó la mujer.

—Señora, gracias por preocuparse tanto por mi salud…—comentó Julio con ironía.

—¡Menos guasa, joven! O llamo a la policía.  Y hágame caso, hágamelo. ¡Olvide el asunto! —advirtió la señora cerrando la ventana de un golpe que partió su corazón en tres pedazos. Tres. Tres efímeras fracciones de ser como las estrellas, condenadas a desaparecer en un trágico espectáculo. Y es que Julio, a cada paso, iba perdiendo un poco de optimismo.

El primer pedazo lo perdió tras la quinta patada en el portón, que cedió a regañadientes. Agotado por el esfuerzo del combate Julio tuvo que apoyarse en la pared unos minutos  a fin de recuperar el aliento. De pronto, entre cortinas de oscuridad, creyó ver visiones. Unas figuras fantasmales se cernían sobre él en forma de esvásticas pintadas a aerosol y posters de calaveras decoradas con ciertas inscripciones en latín, lengua que de no ser muerta habría exigido salir de ahí.  “Me falta oxígeno —jadeó—. No puede ser real”, y vaya si lo era.

El segundo pedazo se rompió estrepitosamente, precedido de un aullido que sonó a saeta y seguido de un llanto. Julio caminaba, de nuevo a ciegas, por un pasillo que parecía desembocar en una habitación iluminada, la luz  procedía de alguna ventana que daba a la calle. Veía un tenue resplandor, notaba poco calor. Era verano y sentía un otoño adelantado, un frío inquietante, helador e inesperado le empezó a sobrecoger. Un sentimiento que fue creciendo a medida que iba acercándose a la habitación, como un mal presagio. Uno que el cachorro también adivinó y que se materializó de súbito.

En el suelo de la habitación yacía el cuerpo aún caliente de una perra, visiblemente maltratada, envuelta en un sudario de sangre. Julio no se atrevió a tocarla, no necesitó hacerlo, era evidente que no respiraba. No en vano, de cerca comprobó que las mamas del animal  todavía rebosaban   leche, el cachorro no había sido destetado. Julio no pronunció una palabra, ni un reproche, no tuvo fuerzas, tan solo vino el silencio perverso con una revelación.  En un instante, en una décima de segundo, la vida se va para no volver.

Y el llanto brotó para obrar de mil maneras distintas. Una abrió el día, otra cerró el cielo. Amanecía nublado en pleno verano. Las otras quinientas se diluyeron entre lágrimas de afecto y angustia. Y el resto, corteses, avisaron a la policía.

—Buenos días, de nuevo, caballero.

—Agente, ¿otra vez usted? ¡¿Es qué me ha seguido?! Le dije que…

—No, no señor García, no se equivoque—interrumpió el policía—.Recibí un aviso en esta dirección por allanamiento de morada. No esperaba encontrarme con usted.

—¡Será posible!, al final ha llamado la del al lado…— Julio pensó en voz alta—…No se preocupe agente…, aquí ya no hay nada que hacer—dijo Julio señalando a la perra.

El policía, medio arrepentido de haber venido, se agachó a inspeccionar una escena entre dramática y criminal. Sacó unos guantes de látex del bolsillo para examinar al animal. La perra estaba tumbada de lado, recostada sobre la parte izquierda del rostro  lo que impedía verle un ojo. Cuando el agente le levantó el hocico comprobó que se lo habían reventado de un balazo; giró la cabeza un instante preso del asco, aunque no tardó en reponerse. Con una  frialdad  propia de cirujano extrajo un balín de la cuenca.

—Este animal se ha desangrado vivo, ha debido de morir de una hemorragia provocada por los balines de plomo. Parecen del calibre 5,5  muy usados por los cazadores. No son mortales si se disparan de lejos, solo penetran bajo la piel, aunque hacen mucho daño, eso desde luego —continuó sosteniendo la bala en la palma de la mano—. A esta perra le han disparado con una carabina de aire comprimido a corta distancia, cerca del abdomen. Algún desalmado estaría probando el arma, probablemente le dañaron alguna vena vital. En fin…, una barbaridad.

—No entiendo nada—dijo Julio apesadumbrado—. ¿Es qué les atacó?

—Pudiera ser que intentara proteger a su cría, es difícil de determinar, pero no lo veo así.

—Sigo sin entender por qué lo hicieron

—¿No lo ve?

—No—Julio se encogió de hombros.

—No es la primera vez que ocurre, ¿sabe?  Suelen cebarse con mendigos, o con cualquier… ¿No ve de qué color es la perra? —ennudeció unos segundos—.Es una perra mestiza negra.

Julio apretó los puños, no daba crédito a tanta maldad.  No podía caber tanta en un mero color, no había espacio tan infinito.

En medio de la consternación, Julio observó cómo el cachorro se lamía la pena junto a su madre. Desde el principio  había permanecido sentado a su lado, callado, como si de repente hubiera olvidado el ladrido, y con cada lametón el cachorro se quitaba el disfraz de perro para mostrar al superhéroe. Uno con traje de sarna y pulgas que la genética tejió de forma generosa, pues sin duda las manchas blancas que lucía, a buen seguro heredadas del padre, le habían salvado la vida. Genuina vestimenta para un héroe, sin Olimpo, ni  armas, ni poderes, solo uno que corrió, corrió hacia adelante, siempre hacia adelante, cada segundo, cada minuto, cada hora de aquel día, corrió y corrió con la esperanza de llegar, aunque fuera tarde.

Por el contrario, aquella mañana el sol salió puntual, como de costumbre a la hora prevista pero abrumado, escondido tras un manto de neblina que apenas podían atravesar sus rayos, tan solo los precisos para continuar con el espectáculo. Último acto, a continuación el malogrado corazón de Julio llegaría al colapso.

Un haz de luz travieso bajó del cielo coleando, cual divino Espíritu, para iluminarlos. Al perro, con una aureola dorada que el agente juró era de santo. Mientras que a Julio lo alumbró con un don celestial: la piedad.

Después del milagro, Julio cubrió el cadáver de la perra con su sudadera, nunca una prenda dio más calor a un cuerpo, aunque estuviera muerto. Le pasó todo el de Julio en un abrazo tardío. La enrolló en la perra rápidamente, como se lía un hilo, liado, sin saber por dónde empezar, ni cuándo parar, ni no sé cuántos interrogantes más…qué podía saber él sobre duelos o mortajas. Prosiguió, con pena y sin gloria, con un proceso que concluyó en dos arcadas, tres lamentos y una promesa. La enterraría bajo un mar de amapolas, conocía ese lugar  perfectamente. Cien veces lo había recorrido durante sus entrenos, siempre despacio. Existía un  campo en el que distintas tonalidades se entremezclaban formando una armónica composición de colores. Flores blancas, rojas y amarillas, sin distinción, velarían la tumba de una negra heroína. Fuera legal o no,  juró que lo haría  tras solventar otro punto, uno diminuto en blanco y negro, que permanecía acurrucado en el suelo hecho un ovillo de incertidumbre.

—Hay que llevar al cachorro a una perrera, no se puede quedar aquí, solo, no se lo merece.

—Imposible. Aquí no hay perrera. La más cercana está a ochenta kilómetros y no creo que tengan sitio.

—¿Sitio?, es que hay que pedir plaza como en las guarderías, ¿o qué?

—No señor García, no es eso. Es que llegan las vacaciones,  ¿entiende?… En estas fechas están desbordados. Apenas tienen medios, y mucho menos para atender a tanto perro abandonado.

—¿Y ustedes? La policía, quiero decir.

—Nosotros tampoco tenemos recursos, aunque los recogiéramos no sabríamos dónde meterlos. Dependemos de la solidaridad, de las buenas personas como usted, y ésas, tampoco abundan.

—No soy buena persona agente, solo soy una que salió corriendo detrás de un chucho.

—Igualmente le honra, caballero, pero la cuestión es otra. ¿Qué va a hacer ahora con él?

Tras la pregunta, cataclísmica explosión. Después del mudo estruendo Julio sintió un enorme hueco en el pecho. El último pedazo había estallado. Todo terminó, la ira, la pena, el llanto…Fin de la función…Pero entonces, ya no tuvo corazón para abandonarlo.

—Que qué voy a hacer con él…—repitió Julio—. Correr…

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